domingo, abril 08, 2012

ESPALDAS PLATEADAS

   

    VLADIMIR NABOKOV
Cuentos completos                   696

—¡Qué bien se está después de la lluvia! —y luego te quedaste pensativa unos
momentos y añadiste—: Sabes, acabo de acordarme. Me han invitado hoy a tomar
el té... cómo se llama... Pal Palych. Es muy aburrido. Pero tengo que ir.
Pal Palych era un antiguo conocido mío. Solíamos ir a pescar juntos y en plena
pesca, de repente, se ponía a cantar con su débil voz de tenor Campanadas
nocturnas. Yo lo apreciaba mucho. Una gota ardiente se desprendió de una hoja y
me cayó directamente en los labios. Me ofrecí a acompañarte.
Te estremeciste como en un escalofrío.
—Nos aburriremos mortalmente allí. Es horrible —miraste el reloj y suspiraste—.
Hora de irse. Me tengo que cambiar de zapatos.
En tu dormitorio embrumado, la luz del sol, que se filtraba por las persianas
venecianas, formaba dos escaleras doradas en el suelo. Dijiste algo con tu voz sorda.
Al otro lado de la ventana, los árboles respiraban y goteaban en un crujido de
contento. Y yo, sonriendo con el crujir de la lluvia, te abracé, levemente y sin avidez.
Ocurrió así. A una orilla del río estaba tu parque, y también tus prados, y al otro, el
pueblo. La carretera tenía baches profundos en algunos tramos. El barro era de un
color violeta exuberante, y las rodadas se llenaban de un agua color café con leche y
se cubrían de espuma. Las sombras oblicuas de las isbas de madera negra se
extendían con inusitada claridad.
Caminamos en la sombra por un sendero muy trillado y dejamos atrás una tienda de
ultramarinos, una taberna con su cartel esmeralda, unos patios llenos de sol que
emanaban aromas de estiércol y de heno fresco

La escuela era nueva, de piedra, rodeada de arces. En el umbral relucían las
pantorrillas blancas de una campesina que se inclinaba a escurrir un trapo en un
cubo.
Tú preguntaste: «¿Está Pal Palych?». La mujer, toda trenzas y pecas, entrecerró los
ojos para protegerse del sol. «Sí, sí que está.» El cubo tintineó con el puntapié que
le dio la vieja para moverlo. «Entre, señora. Estará en el taller.»
Nuestras pisadas crujieron al atravesar un vestíbulo oscuro y luego una clase
espaciosa.
Miré al pasar un mapa azul y pensé: así es toda Rusia —luz de sol y un gran vacío...
En un rincón brillaba un trozo de tiza triturada.
Más allá, en el pequeño taller, había un agradable olor a cola de carpintero y a
serrín de pino. Sin chaqueta, sudoroso y jadeante, con la pierna izquierda
extendida, Pal Palych se divertía haciendo una serie de planos en su tablero de
dibujo de quejosa madera blanca. Su coronilla, calva y sudorosa, oscilaba dentro de
un rayo de sol. En el suelo, bajo el banco del carpintero, se enroscaban unas virutas
como frágiles mechones de cabello.

Yo dije a voz en grito:
—¡Pal Palych, tienes invitados!
El dio un respingo, se azoró, tomó educadamente la mano que tú le ofreciste con
un gesto tan conocido, tan indiferente, y luego tomó mi mano en sus húmedos
dedos y la estrechó un segundo. Parecía que tuviera el rostro moldeado en arcilla,
con bigote fláccido e inesperados surcos.
—Lo siento, estoy sin vestir, ya lo veis —dijo con una sonrisa culpable. Agarró un
par de puños de camisa, que aguardaban tiesos como cilindros en el alféizar de la
ventana, y se los puso apresuradamente.
—¿En qué estás trabajando? —le preguntaste con un destello de tu pulsera. Pal
Palych se esforzaba en embutirse la chaqueta con movimientos violentos.
—Nada, estoy enredando un poco —escupió como atragantándose al hablar—. Es
una especie de estantería sin importancia. No la he acabado todavía. Aún tengo que
lijarla y darle el barniz. Pero mirad esto, lo llamo La Mosca... —y con un movimiento
vibratorio de sus manos unidas, lanzó al aire una especie de helicóptero de madera
en miniatura, que se elevó a las alturas con un zumbido, dio un golpe seco en el
techo y cayó al suelo.
La sombra de una sonrisa pasó cortés por tu rostro.
—¡Pero qué tonto soy! —Pal Palych comenzó de nuevo—. Os esperaba arriba,
amigos... Esta puerta rechina. Lo siento. Permitidme que vaya delante. Me temo que
la casa está desordenada.
—Creo que se había olvidado de que me había invitado —dijiste en inglés mientras
subíamos las escaleras que crujían a cada peldaño.

Yo contemplaba tu espalda, los cuadros de seda de tu blusa. Desde algún lugar en
el piso de abajo, probablemente el patio, nos llegó la poderosa voz de la campesina,
«¡Gerosim! ¡Gerosim!». Y de repente se me hizo prístinamente claro que, durante
siglos, el mundo no había dejado de florecer, de dar vueltas, de cambiar sólo para
que, ahora, en este preciso instante, pudieran combinarse y fundirse en un acorde
vertical aquella voz cuya resonancia nos llegaba desde abajo, el movimiento de tus
hombros de seda, y el aroma de las tablas de pino.

La habitación de Pal Palych era soleada y algo abigarrada. Una estera roja con un
león bordado en el centro estaba clavada en la pared encima de la cama. En otra
pared colgaba un capítulo de Anna Karenina, enmarcado y dispuesto de tal forma
que el juego de claroscuro de los tipos y la inteligente disposición de las líneas
lograban conformar el rostro de Tolstoi.
Nuestro anfitrión, frotándose las manos, te ofreció un asiento. Al hacerlo, un
movimiento de las gateras de su chaqueta derribó un álbum de la mesa. Lo recogió.
Trajeron té, yogur y unas insípidas galletas. Pal Palych sacó de un aparador una lata

de flores con caramelos duros de Landrin. Al agacharse, su camisa dejaba ver todo
un paño de piel lleno de granos. Un abejorro amarillo muerto había quedado
apresado en la pelusa de una araña posada en el alféizar de la ventana. «¿Dónde
está Sarajevo?», preguntaste de repente, haciendo crujir una página que con
indiferencia habías cogido del suelo. Pal Palych, ocupado en servir el té, contestó:
«En Serbia».

   

JAMES JOYCE-ULISES  696

Cuando lo arrestaron, tenía
sobre la espalda medio millón de francos
incluyendo un par de corsés de fantasía. La
mujer prestamista Elisa Tudor se había forrado
bastante como para competir con la de Sabá.
Veinte años se entretuvo allí entre el amor
conyugal y sus castas delicias y el amor
intemperante y sus inmundos placeres. Ustedes
conocen el cuento de Manningham de la esposa
del ciudadano virtuoso que convidó a Dick
Burbage a su lecho después de haberlo visto en
Ricardo III, y cómo Shakespeare, escuchando
por casualidad, sin mucho ruido para nada,
tomó la vaca por los cuernos, y cuando Burbage
llamó a la puerta le contestó desde las frazadas
del capón: Guillermo el Conquistador vino antes
de Ricardo 111. Y la alegre damita, señora

Fitton, se levanta y grita: ¡Oh!, y sus delicados
gorjeos, lady Penélope Rich, una aseada mujer
de sociedad, es apropiada para un actor y los
atorrantes de la orilla del río un penique por
vez.

 

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