viernes, septiembre 04, 2009

VIVIR , CRECER ARQUITECTURA

 

 

 

 

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GRAFFITIS DE LUZ

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El tema de “pintar” usando luz no es algo nuevo, quién no conoce las famosas imágenes de Pablo Picasso usando dicha técnica. Además de él muchos otros son los que han jugado con la luz, por ejemplo Jan Wöllert y Jörg Miedza quienes explotan las mentadas técnicas hasta sus límites consiguiendo increíbles instantáneas (y sin una gota de photoshop).

Estos dos fotógrafos alemanes usan una Canon EOS 5D Mark II para crear impresionantes imágenes generadas a base de combinar la luz que desprenden diversos aparatos y largos tiempos de exposición. Podemos ver todos sus trabajos en Light Art Performance Photography, un deleite visual de luces, formas y colores. Algunos ejemplos tras el salto.

jueves, septiembre 03, 2009

70 AÑOS DEL COMIENZO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

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¿Qué quieres beber? —le pregunta mirando al interior del mueble —. Hay vino blanco y tinto. Mosela, me parece —explica.

—Pues bebamos Mosela —acepta Andreas.

La joven saca la botella, acerca una mesita a los sillones, da un sacacorchos al visitante y pone dos vasos, mientras Andreas destapa el vino. Luego lo sirve y mira a la joven; brindan y él sonríe al ver su expresión de enfado.

—A la salud del año en que nacimos — dice Andreas—. El mil novecientos veinte.

Olina sonríe.

—De acuerdo —dice—. Pero no pienso con­tarte nada más.

—Entonces hablaré yo.

—No — protesta Olina -—-. Los soldados no sa­béis contar más que cosas del frente. No oigo nada más desde hace dos años. Siempre la dichosa gue­rra. En cuanto habéis terminado, ya estáis hablan­do de la guerra. Es muy aburrido.

— ¿Qué te gustaría hacer?

—Pervertirte. Porque eres inocente, ¿verdad?

—En efecto — dice Andreas, sorprendiéndose al ver la rapidez con que ella se ha puesto en pie.

—Me lo figuraba. ¡Me lo figuraba! — exclama Olina.

Tiene la cara sonrojada y la expresión nerviosa; sus pupilas flamean. «Es extraordinario —piensa Andreas—. De cuantas mujeres he conocido en mi vida ésta es la que menos he deseado. No obstante, es bonita y podría tenerla en mis brazos ahora mismo.

 

Heinrich Boll  El tren llegó puntual   pag.70

¿Sabe usted que este viejo buque tiene asma? —dice recuperando su sonrisa afable—. Y bien, ¿qué me dice de la partida?

—De acuerdo. Le daré otra oportunidad.

Desde hace varios días, el Kim espera hacerse con el libro de tapas amarillas que Lévy quiere recuperar. Y ni las evasivas palabras ni el extraño comportamiento del capitán Su Tzu, ni esta nube supuestamente preñada con la fetidez de la traición, conseguirán debilitar su voluntad firmemente anclada en el futuro, ni por supuesto alterar lo más mínimo el rumbo del Nantucket.

Pero antes de ese día, cuando el carguero está bordeando las costas de Taiwán, al Kim se le presenta inesperadamente la ocasión de hacerse con el libro de Lévy. La noche es húmeda y calurosa y amenaza tormenta. Su Tzu y su invitado han terminado una partida de ajedrez y abandonan la cabina para fumarse un cigarrillo acodados a la borda, viendo cómo se aproxima la lluvia y los relámpagos por el noroeste; entonces aparece el segundo oficial y requiere al capitán en la sala de máquinas para un asunto urgente: dos marineros malayos se han enzarzado en una pelea a cuchillo de consecuencias graves. Su Tzu se disculpa y se va, justo en el momento que empieza a caer una tromba de agua y el Kim se refugia de nuevo en la cabina del capitán. La ocasión no puede ser

más propicia. Repasa con la vista los lomos de los libros en la estantería. No enciende la luz y recibe solamente la suave claridad de un farol exterior que entra por el ojo de buey. Ve en el estante dos libros de tapas amarillas, y el primero que abre —casi sin querer, ayudado por un brusco balanceo del barco—no es el que busca, no es un libro chino, sino griego y de versos. Y de nuevo la señal que no quiere admitir, la de un cambio de rumbo, un nuevo giro que le propone el destino, salta de las páginas abiertas al azar ante sus ojos, reteniendo su atención. Durante medio minuto, el sordo fragor de máquinas en la entraña del Nantucket repercute en sus nervios y le hace pensar en el capitán Su Tzu, en su extraña gentileza y en sus elocuentes silencios, y, sin saber por qué, en esa pulsión subterránea y monótona del quebrantado carguero presiente la huida ya consumada del tiempo, el eco último de la precaria esperanza que lo ha traído hasta aquí, en medio del viento y las olas enfurecidas, para poner en sus manos un libro abierto en la página 77, más por efecto de un fortuito golpe de mar que por decisión propia.

Y si en este momento hubiéramos estado allí, muchachos, si hubiéramos podido deslizamos furtivamente en la cabina del capitán y permanecer al lado del Kim compartiendo con él las sombras y los relámpagos bajo el fragor de la tormenta, sin duda la curiosidad nos habría empujado a echar una ojeada por encima de su hombro y, durante apenas medio minuto, un instante tan breve que sin embargo ya es eterno en el corazón del tiempo y de los hombres, habríamos descifrado juntos lo que esta noche el azar puso en sus manos:

Dices: «Iré a otras tierras, a otros mares.

Buscaré una ciudad mejor que ésta

en la que mis afanes no se cumplieron nunca,

frío sepulcro de mi sentimiento.

¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?

Mire hacia donde mire, sólo veo

la negra ruina de mi vida,

tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»

No existen para ti otras tierras, otros mares.

Esta ciudad irá donde tú vayas.

Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo

arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo

en idéntica casa.

Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,

ni barcos ni caminos que te libren de ella.

Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:

en todo el mundo la desbarataste.

JUAN MARSÉ   EL EMBRUJO DE SHANGHAI  pag.70

Unos setenta años después de la insurrección de Karageorges, se reanudó la guerra en Servia y en seguida las regiones fronterizas respondieron con un alzamiento. Las casas turcas y servias ardieron de nuevo en las alturas, en Jlieb, Gostilia, Tartchitchi y Veletovo. Por primera vez después de tantos años, se volvieron a ver en la kapia, al alba, las cabezas de los servios decapitados. Eran cabezas descarnadas de campesinos, con el pelo corto y la nuca lisa, con el rostro huesudo, provisto de largos bigotes; parecían las mismas cabezas de hacía setenta años.

Aquello no duró mucho tiempo. Una vez terminada la guerra entre turcos y servios, todo el mundo se calmó. Verdaderamente, no pasaba de ser una apariencia de paz, bajo la cual se ocultaba no poco miedo y una serie de voces excitadas y de murmullos inquietos. Se hablaba cada vez con más precisión y claridad de la entrada del ejército austríaco en Bosnia. A principios del verano de 1878, algunas unidades del ejército regular turco, que se dirigían de Sarajevo hacia Triboi, pasaron por la ciudad. Se tuvo la certeza de que el sultán entregaba Bosnia sin resistencia. Ciertas familias se prepararon para emigrar a Sandjak. Entre ellas, había algunas que habían llegado trece años antes de Ujitsa, por no querer someterse a la autoridad de los servios, y que ahora se preparaban para huir otra vez de una nueva dominación cristiana. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se quedaron en espera de los acontecimientos; eran víctimas de una dolorosa perplejidad, aunque afectasen indiferencia.

A primeros de julio, el muftí1— de Plevlia llegó con un reducido grupo de hombres y con la firme resolución de organizar en Bosnia la resistencia frente a los austríacos.

Aquel hombre grave, rubio, de apariencia apacible, pero de naturaleza ardiente, acudió a la kapia, en donde un hermoso día de verano, reunió a los más destacados personajes turcos de la ciudad, tratando de animarlos al combate contra el enemigo. Aseguró que la mayor parte del ejército regular, aun a despecho de las instrucciones oficiales, se quedaría para oponerse, junto al pueblo, al invasor, y él lanzaba una llamada para que todos los muchachos se le uniesen y para que fuesen enviados víveres a Sarajevo. El muftí sabía que los habitantes de Vichegrado no habían tenido nunca reputación de guerreros entusiastas y que preferían una vida loca a una muerte loca, pero, a pesar de todo, se sintió sorprendido por la tibieza y la reticencia que encontró. No pudiendo quedarse más tiempo, los amenazó con el juicio del pueblo y con la cólera celeste y dejó a su segundo, Osmán Karamanlia efendi, para que tratase de convencer a los turcos de Vichegrado de la necesidad que tenían de participar en el alzamiento general.

1 . Dignatario eclesiástico musulmán. ( N. del T.)

IVO ANDRIC  UN PUENTE SOBRE EL DRINA  pag.70

Después de lo que les ocurrió a los niños, dejé de creer. ¿Dónde estaba yo en el Yom Kippur de 1940? En Rusia, en Minsk, cosiendo sacos en una fábrica para ganarme mi ración de pan. Vivía en los suburbios, entre gentiles. Cuando

llegó el Yom Kippur, decidí comer. ¿De qué servía ayunar allí? Además, no era prudente demostrar a los vecinos que una era religiosa. Pero cuando llegó la noche y me puse a pensar que en algún lugar habría judíos que recitaban el <Kol Nidre>, la comida no me pasaba.

--Me dijiste que se te aparecían David y Yocheved.

Herman se arrepintió inmediatamente de sus palabras. Tamara no se movió, pero la cama crujió como espantada por aquellas palabras. Tamara esperó que se apagara el ruido y respondió:

--Como no me creerías, será mejor que no te lo diga.

--Te creo. Los que dudan de todo son capaces de creerlo todo.

--No podría decírtelo, aunque quisiera. Sólo hay una explicación: que estoy loca. Pero hasta la locura ha de tener un origen.

--¿Cómo se te aparecen? ¿Mientras duermes?

--No lo sé. Ya te dije que no duermo, sino que caigo en un abismo. Voy cayendo, sin llegar al fondo y, por fin, quedo suspendida en el aire. Eso es sólo un ejemplo. Siento cosas que luego no recuerdo ni puedo explicar. Durante el día estoy bien, pero la noche es terrible. Tal vez debería ir a un psiquiatra; pero, ¿cómo podría ayudarme? Lo único que podría hacer por mí es dar a todas esas cosas un nombre latino. Cuando voy al médico, es sólo para pedirle la receta del somnífero. Pero los niños vienen, sí, y a veces se quedan hasta la mañana.

ISAAC BASHEVIS SINGER – ENEMIGOS-pag.70

El general dio orden de llamar a una monja para que los guiara al piso inferior del palacio y
tuvo que aguantar que Kate y Wandgi lo acompañaran, porque la escritora se le prendió del brazo
como una sabandija y no lo soltó. Definitivamente, esa mujer era de una descortesía jamás vista,
pensó el militar.
Siguieron a la monja dos pisos bajo tierra, pasando por un centenar de habitaciones
comunicadas entre sí, y por fin llegaron a la sala donde se encontraba la grandiosa última Puerta. No
se dieron tiempo de admirarla, porque vieron con horror a dos guardias, con el uniforme de la casa
real, tirados boca abajo en el suelo en sendos charcos de sangre. Uno estaba muerto, pero el otro
aún vivía y pudo advertirles con sus últimas fuerzas que unos hombres azules, dirigidos por un blanco,
habían penetrado en el Recinto Sagrado y no sólo habían sobrevivido y vuelto a salir, sino que
además habían raptado al rey y habían robado el Dragón de Oro.
Myar Kunglung había pasado cuarenta años en las fuerzas armadas, pero jamás había
enfrentado una situación tan grave como aquélla. Sus soldados se entretenían jugando a la guerra y
desfilando, pero hasta ese momento la violencia era desconocida en su país. No se había visto en la
necesidad de usar sus armas y ninguno de sus soldados conocía el verdadero peligro. La idea de que
el soberano había sido secuestrado en su propio palacio le resultaba inconcebible. El sentimiento más
fuerte del general en ese momento, más que el espanto o la ira, fue la vergüenza: había fallado en su
deber, no había sido capaz de proteger a su amado rey.

ISABEL ALLENDE  EL DRAGON DE ORO   pag.70

—¡Válgame Dios! —dijo Sancho—; ¿no le dije yo a vuestra merced que
mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía
ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la
guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo
pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los
libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento:
tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder
poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado
estaba; y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del
puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse
muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero, sino que iba muy
pesaroso por haberle faltado la lanza,

MIGUEL DE CERVANTES   EL QUIJOTE   pag.70

Rondaba la medianoche cuando recibió una llamada de J. Kinnear.
Se imaginó a Kinnear mirando por la ventana mientras le hablaba,
mirando el patio oscurecido.
—¿Dónde estarás el martes a las once y media de la noche?
—Esto empieza a ir deprisa.
—Si yo fuera un oficial del servicio de inteligencia que tuviera que
someterte a un período de prueba previo al reclutamiento, sentiría la
inclinación de hacer las cosas muy despacio. Me sentiría inclinado, creo, a
dejar que descubrieses tú mismo los límites de tu implicación, pero a un
ritmo mucho más razonable.
—Hasta dónde estoy dispuesto a ir.
—Exacto.
—MÍ potencial clandestino

DON DELILLO    JUGADORES     pag.70

De la fase de la inmovilidad pasaron a la de la agitación, cuando les concedieron «la gracia excepcional ~>, según
palabras de María Anselma, de despedirse en la capilla de algunas de sus amigas, que llegaron no mucho después,
y con ellas el temblor concentrado de todas las galerías.
Las que venían para dar el último adiós a las penadas intentaban aparentar una fortaleza de la que carecían. Pilar,
que parecía poseída por una angustiosa gravedad, aconsejó a las que se estaban despidiendo de ella que se
uniesen todas hasta donde les fuese posible, porque resistirían mejor lo que les pudiese caer encima.
Próximo, estaba próximo el acantilado sobre el que batían las olas altas y plomizas. El acantilado sin ángeles ni
guías. El de las olas gigantes, pensó Elena, el de las olas inmensas que bramaban en costas remotas, el de las olas
huracanadas que creaban a su paso torbellinos en los que se hundían miles de almas y cuerpos que no querían, que
no podían quedarse con su dolor a solas. Pensó que aquella capilla iba a ser el cofre de las alucinaciones y empezó
a temblar. Sí, ahora los veía, miles de cuerpos en el acantilado, arrastrados por las olas. Había mucha gente en el
abismo. Parecía la continuación de la cárcel y el comienzo de una nueva pesadilla.
-¿Qué estás viendo? -preguntó Joaquina.
Elena dijo:
-Veo que estamos a la orilla misma de la noche, y no hay asilo. Este techo no cobija, estás paredes no protegen.
-¿Crees que no lo sé?
-No estamos viviendo el final del infierno, estamos viviendo el comienzo. No hemos llegado al fondo del infierno,
sólo hemos pisado sus umbrales -aseguró Elena, que una vez más parecía en trance.
-¿Lo veis? -gritó Joaquina-. Una mujer lúcida

JESUS   FERRERO    LAS 13 ROSAS    pag70

En la tertulia se comenta el periódico del día:
-La última idea del loco de Ernesto -dice Wdruejo- es organizar quemas de libros en
la ciudad, a la manera de Hitler.
-Yo sigo leyendo el ABC Ahora el de Sevilla, porque el de Madrid me parece que
viene un poco republicano, aunque también lo recibo por valija diplomática -sonríe
Foxá.
-Y esto otro de que a Franco se le aparece santa Teresa -musita Laín-. El Caudillo no
nos recibe a nosotros cuando tenemos algo serio que decirle, y le permite a ese
desequilibrado inventar un disparate tras otro.
Agustín de Foxá, conde de Foxá, sirve coñac a todos, acerca su silla al velador y los
otros hacen lo mismo. La tertulia se cierra sobre sí misma, como una flor, para la
confidencia:
-Lo de Mola va creciendo, aquí en la ciudad, en toda la zona nacional y en la
republicana, donde las radios machacan todo el día. Franco tiene que hacer
operaciones de distracción para borrar eso.
-Lo de los libros me parece más idea de Ernesto que de Franco -se asegunda
Ridruejo.

FRANCISCO UMBRAL    LEYENDA DEL CESAR VISIONARIO     pag.70

 

 

domingo, agosto 30, 2009

EL SOMBRERO

Papá, me lleva al cine...?

—¿Y qué va ir a ver al cine? —interrogó el teniente.

—¿Cómo qué? Lo que den. Las vistas.

La luz baja y poco clara de las lámparas borraba a los pasajeros. Se miraban los bultos. Los bultos sobre los asientos. Esa sensación de no llegar nunca. De consultar la hora a cada momento.

—¿Papá, me lleva al cine...?

—Para qué quieres que te lleve al cine si aquí, vien­do pasar las calles iluminadas, las gentes, los autos, es como si estuvieras en el cine...

Y la visión era exacta, la visión cinematográfica de la ciudad por donde pasaba el tren rápidamente.

El Norte barría la ciudad, golfo de las más negras in­tenciones heladas, la ciudad desierta

expuesta al viento y al silencio, amurallada en sus casas bajas y en su sueño hondo. El cielo lila. Esas noches lilas que hacía más in­finita la orfandad de las estrellas. Y hacia poniente los volcanes de tierra ausente de lo que pasa entre los hombres, volcados a la suma grandeza de las nubes.

MIGUEL ANGEL ASTURIAS  EL PAPA VERDE-PAG 148

—¿Cómo le va? —dijo Martín
Cunningham saludando con una venia.
—No nos ve —agregó el señor Power—.
Sí, nos ve. ¿Cómo le va? ¿Quién? —preguntó el
señor Dedalus.
—Blazes Boylan —dijo el señor Power—.
Allí está dando aire a su rasgacorazones.
Precisamente ahora lo estaba pensando.
El señor Dedalus se estiró para saludar.
Desde la puerta del Red Bank el disco blanco de
un sombrero de paja relampagueó en respuesta:
pasó.

JAMES JOYCE  ULISES-PAG 148

10 de agosto
LOS SONIDOS SE MEZCLAN. El agudo silbido de los obuses que se quedan cortos o
van un poco más lejos, el siseo de los que caen al lado de cada uno de los hombres, el
reventón de la carga explosiva, y el vuelo de las esquirlas de piedra y de metralla que
acaban impactando alrededor o caen mansamente sobre la espalda o el casco de los
combatientes después de haber rebotado varias veces contra el suelo o contra otras
piedras. Los combatientes cantan, se desgañitan gritando obscenidades y herejías sin
sentido, llaman a su madre o entonan un himno heroico al que añaden juramentos contra
la patria y la guerra. Y el tiempo pasa sin medida, porque sólo el que ha organizado el
ataque sabe cuánto tiempo va a estar disparando la artillería.
Los defensores de la sierra no gozan de fortificaciones. No hay parapetos, no hay
zanjas ni alambradas, porque no es posible fijarlas; sólo algunos nidos de ametralladoras
construidos por el batallón de Fortificaciones unos día antes. Llevan casco, que les
defiende la cabeza de estos impactos, y se tapan la espalda con las mantas dobladas para
que adquieran un mayor grosor, mientras están tumbados soportando la caída de las
bombas. Las piedras desmenuzadas por las explosiones llegan a enterrarles alguna vez.
Y el ruido, el intenso ruido de las granadas que escupen más de cien cañones les aturde.
Casi todos ellos llevan el palo entre los dientes, y cantan para soportar lo insoportable,
se dicen cosas cada uno a sí mismo, porque es imposible oír al compañero que se
refugia al lado como puede, con la cabeza metida entre dos piedras, con las manos sobre
la cabeza, apretando el casco para que no se desplace y deje al aire el occipucio. Tres
horas durante las que el polvo se mete hasta el fondo de la garganta y no se puede beber
agua para calmar la sequera, porque quién es el guapo que levanta la cabeza para echar
un trago de la cantimplora.

MARTINEZ REVERTE -LA BATALLA DEL EBRO-pag148

Recuerdo, sin embargo, que un día como el de hoy, brillante y gélido, subí al mediodía
hasta el Cerro del Sol. Tenía a mis espaldas sierra Mágina, severa y blanca. De la Vega
ascendían docenas de columnas de humo, plateadas y doradas por los rayos del sol. A mi
derecha, lóbregas sin él, sobre las rastrojeras, hacia las sierras de Elvira y Parapanda, otras
columnas de humo opaco.
Veía —y aún me parece verla hoyen primer término la abigarrada colina del Albayzín,
nevada y portentosa. Y, de pronto, cambió el sol de postura su embozo de nubes, e iluminó
el otro sector del paisaje. Se encendieron los humos sombríos y se apagaron los otros,
turnándose en una dómeda de luz y de hermosura. Ah, verdaderamente Granada no tiene
ciudad que se asemeje a ella. La echo hoy de menos de manera tan profunda —no como
sultán, sino como un simple morador— que el corazón se me desgarra.

ANTONIO   GALA   EL MANUSCRITO CARMESI-pag.148

¡Qué cretino! (Hans).

Anna ya no dice nada; se ha quedado pensativa lamiendo los rastros de sudor y sangre que la víctima ha dejado en su mano derecha, la mano del delito. Al darse cuenta de ello, Rainer le dirige una mirada aprobatoria que asquea ligeramente a Sophie e impulsa a Hans a darle un golpe en los dedos. Cochina.

La rabia de Anna, que sin duda arranca del conflicto generacional, es tan grande que sería incluso capaz de romper los escaparates iluminados del esplendoroso centro comercial de Viena. En realidad querría tener todo lo que hay detrás de dichos escaparates, sólo que no le alcanza el dinero de su asignación semanal. Por eso tiene que ganárselo por otras vías. Siempre que alguna de sus compañeras de instituto estrena un vestido nuevo o una blusa blanca o unos zapatos de tacón, se retuerce de envidia. Sin embargo, comenta: cada vez que veo a esas niñitas peripuestas me entran ganas de vomitar. Esas que sólo se preocupan de sus trapitos son superficiales y, además, no tienen nada en la cabeza. Ella, en cambio, sólo lleva vaqueros sucios y jerseys de hombre que le quedan demasiado grandes, para que su actitud interior se vea reflejada hacia el exterior. El psiquiatra, al que visita por un mutismo periódico (que le sobreviene y luego desaparece sin dejar rastro), siempre le pregunta: anda, dime ¿por qué nunca te pones ropa bonita ni te arreglas el pelo? Porque eres una muchacha atractiva y deberías asistir a una academia de baile. ¡Pero mira cómo te presentas! No es de extrañar que espantes a los chicos.

ELFRIEDE JELINEK - LA PIANISTA Y OTRAS HISTORIAS  pag.148

—Necesitamos flores para el altar de la casa.
—Si. Siempre a su servicio. Por favor, escoja las que más le gusten,
señorita.
Las llamaban flores, pero en realidad eran ramas del árbol sakaki que
tenían ya brotes tiernos. La muchacha las traía de Shirakawa cada
quince días. Chieko escogió unas cuantas ramas finas del delicado
arbusto y sintió que se alegraba su corazón. Con las ramas del sakaki
en la mano entró en la casa.
—Madre, ya he vuelto —gritó con su voz clara.
Chieko entreabrió la verja y recorrió la calle con la mirada. La florista
de Shirakawa seguía allí y Chieko le gritó:
—Entre a descansar. Voy a servir el té.
—Muchas gracias. Usted es siempre muy amable —dijo la muchacha,
inclinando la cabeza. Cogió sus flores y al entrar en el corredor las
levantó por encima de su cabeza—. Son flores del campo de poco
precio.

YASUNARI KAWABATA  KIOTO   PAGS.125      148-125=23

A la mañana siguiente volví a cruzarme con los fornidos conductores, con el abanico de agua pulverizada sobre el que se cernía momentáneo un arco iris, y me encontré de nuevo en la orilla soleada, donde Krause ya se había instalado tumbado

al sol. Sacó su rostro sudoroso de debajo de la sombrilla y empezó a hablar —del agua, del calor. Yo me tumbé, cerrando los ojos para defenderme del sol, y cuando los volví a abrir todo a mi alrededor era de color azul pálido. De repente, entre los pinos de la carretera soleada que bordeaba el lago, apareció una camioneta, seguida de un policía en bicicleta. Dentro de la camioneta, gritando con desesperación, se agitaba un perro pequeño que acababan de capturar. Krause se puso en pie y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ten cuidado! ¡Cazaperros!». Y al momento alguien se unió a su grito y en seguida otros le imitaron, como si todas las gargantas se hubieran puesto de acuerdo, en un arco de voz a lo largo del lago, dejando atrás al cazador de perros, de forma que los dueños de perros, avisados de antemano, corrieron a por sus perros, se apresuraron a ponerles un bozal y a atarles a la correa. Krause escuchaba con placer mientras los gritos se iban perdiendo en la distancia y finalmente afirmó con un guiño bienintencionado: «Le está bien empleado. Ese es el último perro que va a coger».

VLADIMIR NABOKOV    CUENTOS CPMPLETOS    pag.148

—Vamos a ver, llamadle «padre» a Negro.
¡Qué fría era la noche y qué silencioso estaba nuestro patio! A lo lejos los perros ladraban
inquietos y tristes. Pasó algo más de tiempo y el silencio y la oscuridad se extendieron sin que se
notara, como una flor que se abre.
—Muy bien, niños —dije mucho después—, vamos a entrar en casa, que aquí vamos a coger
todos frío.
No sólo Negro y yo, sino también Hayriye y los niños, sentíamos la timidez de los novios que
temen quedarse solos después de la boda y entramos recelosos en casa, como quienes entran en la
casa oscura de un extraño. Dentro continuaba el hedor del cadáver de mi padre, pero nadie pareció
darse cuenta. Mientras subíamos las escaleras en silencio, las sombras que proyectaban en el techo
los candiles que llevábamos en la mano se mezclaban girando como siempre, creciendo y
menguando, pero me dio la impresión de que era algo que ocurría por primera vez. Nos estábamos
quitando los zapatos arriba, en la antesala, cuando Sevket dijo:
—¿Puedo besarle la mano al abuelo antes de acostarme?

ORHAN PAMUK - ME LLAMO ROJO   pag.148

 

 

jueves, agosto 20, 2009

Magicicade, una fiesta reproductiva sincronizada cada 17 años

EL 17

 
 

Enviado por alcotas a través de Google Reader:

 
 

vía ViSioN BeTa de noreply@blogger.com (MEC) el 11/08/09

El fenómeno podría suceder en numerosas ciudades del estado de Ohio, aunque es "inusualmente común" en extensas regiones de Estados Unidos. Tras diecisiete años silenciosos, empiezan a emerger de las entrañas de la tierra  un ejército de seres "mutantes" capaces de emitir un sonido ensordecedor durante varios días.

El evento del que hablamos no corresponde a la ciencia ficción. Se trata de un curioso comportamiento de una especie de la familia de las cigarras (Cicadidae) conocidas como Magicicada, endémica de extensas regiones de América del Norte. Tras diecisiete años viviendo bajo tierra y alimentándose de la savia de las raíces, las cigarras experimentan un fenómeno de sincronización único en el que responden al llamado reproductivo.

Para sorpresa de niños y adolescentes que jamás presenciaron el evento la fiesta reproductiva de las cigarras será toda una experiencia, especialmente sonora. Si resulta difícil soportar durante pocos minutos el vídeo, imaginemos lo que sería presenciarlo durante varios días:

Para responder al llamado, después de años de reclusión, es necesario una renovación de traje acorde a la ocasión: las cigarras trepan los árboles para experimentar su metamorfosis a un cuerpo de adulto, desplegando sus alas y genitalia para el apareamiento. El "festival de canto" ensordecedor se desata como una pesadilla para los habitantes del área.

Luego del apareamiento, los machos mueren mientras que las hembras tendrán un tiempo extra para poner sus huevos. Los insectos jóvenes, apenas verán la luz, para pasar bajo tierra 17 largos años, hasta nuevo aviso. Podemos consultar el calendario de las cigarras (magicicada) en wikipedia.

Si te ha gustado, menéalo

(La referencia sobre el fenómeno de las magicicada lo extraje de un documental de Discovery Channel sobre Mega Enjambres)


 
 

Cosas que puedes hacer desde aquí:

 
 

lunes, julio 20, 2009

18 DEL 7 DEL …………..DRAGON RAPIDE

 

Carlos Ruiz Zafon   El Principe de la niebla   pag.187

Las últimas semanas del verano trajeron nuevas noticias de aquella guerra, que
según todos decían, tenía los días contados. Maximilian Carver había inaugurado su
relojería en un pequeño local cerca de la plaza de la iglesia y, al poco tiempo, no
quedaba habitante del pueblo que no hubiese visitado el pequeño bazar de las
maravillas del padre de Max. La pequeña Irina se había recuperado cornpletamente y
no parecía recordar el accidente que había sufrido en las escaleras de la casa de la
playa. Ella y su madre acostumbraban a hacer largos paseos por la playa en busca de
conchas y pequeños fósiles con los que habían empezado una colección que aquel
otoño prometía ser la envidia de sus nuevas compañeras de clase.
Max, fiel al legado del viejo farero, acudía con su bicicleta cada atardecer hasta la
casa del faro y prendía la llama del haz de luz que habría de guiar
a los barcos hasta el nuevo amanecer. Max subía a la atalaya y desde allí
contemplaba el océano, tal y como hizo Víctor Kray durante casi toda su vida.
Durante una de esas tardes en el faro, Max descubrió que su hermana Alicia solía
volver a la playa donde se había alzado la cabana de Roland. Venía sola y se sentaba
junto a la orilla, extraviando su mirada en el mar y dejando pasar las horas en
silencio. Ya nunca hablaban como lo habían hecho durante los días que habían
compartido con Roland y Alicia nunca mencionaba lo sucedido aquella noche en la
bahía. Max había respetado su silencio desde el primer día. Al llegar los últimos días
de septiembre, que presagiaban el principio del otoño, el recuerdo del Príncipe de la
Niebla parecía haberse desvanecido definitivamente de su memoria como un sueño a
la luz del día.
A menudo, cuando Max observaba a su hermana Alicia abajo en la playa, evocaba
las palabras de Roland cuando su amigo le había confesado el temor de que aquél
fuera su último verano en el pueblo si era reclutado. Ahora, aunque los hermanos
apenas cruzaban una palabra al respecto, Max sabía que el recuerdo de Roland y de
aquel verano en que descubrieron juntos la magia permanecería con ellos y los uniría
para siempre.

Francisco Umbral   El cesar visionario  121 pags.      187-121=66

La novicia Camila le ha presentado a Francesillo un cabo de prisiones que les
secunda a distancia, discretamente. Al pasar por delante de un portón cerrado, lo que
fuera lagar del abuelo Cayo, Francesillo escucha un misterio de voces broncas,
gemidos, latigazos del aire y como un girar de silenciosas y chirriantes poleas. Se diría
que allí se fabrica la muerte.
-Aquí se tortura, ¿no?
La novicia Camila le pone una mirada de discreción corno recordándole la cercanía
del cabo.
-La muerte jamás ha estado tan desprestigiada como lo está hoy en España, Camila.
La novicia baja los ojos y no dice nada; entornando la conversación que el
muchacho hace tan peligrosa.
-Desde que Miilán Astray gritó «viva la muerte», la muerte ya no vale nada, ni la
vida.
Esta humanidad adunada, este aduar de miseria y miedo, de dolencia y rebeldía,
esta familia inmensa y desolada, familia de desconocidos cuyos vínculos ha ido
bordando despacio la muerte, gran cosedora, llenan las bodegas de un olor a
primavera y cementerio, a primavera podrida y dulce cementerio de vivos. Es quizá el

olor de la muerte heroica. Y por sobre todo ello Francesillo cree percibir, como el ángel
del vino, un perfume remoto de cosechas rojas y de oro, la sepultada catedral y los
alcoholes del abuelo. Hay ojos como cuchillos de cocina que le miran sin mirada. «Esto
es al revés de los discursos de Franco, tengo que escribirlo en una carta a mamá.

Gore Vidal   Creacion  pag 187

Cuando un fuego se apaga por falta de combustible, pues... se acaba, se extingue.

—Has contestado a tu propia pregunta sobre si un hombre santo ha renacido o no. Esa pregunta no tiene sentido. Como el fuego que se extingue por falta de combustible que quemar, se acaba, se extingue.

—Ah —dijo el joven—, comprendo.

—Quizá comiences a comprender.

El Buda miró en mi dirección. No puedo decir que en ningún momento me mirara.

—Muchas veces hemos tenido esta discusión —dijo—. Siempre empleo la imagen del fuego porque parece fácil de entender.

Hubo un largo silencio.

Bruscamente, Sariputra anuncio:

—Todo lo que está sometido a causas es un espejismo. —Se creó otro silencio. Para ese momento, yo había olvidado las preguntas que me proponía formular. Como ese fuego proverbial, mi mente se había apagado.

Andres Trapiello  La noche de los cuatro caminos   pags-130     187-130=57

No parece verosímil que en medio de las torturas tuviese Plaza pujos de
novelista de intriga y montara pistas falsas para la policía. En cualquier caso, sabemos que ni los
policías que siguieron la pista A detuvieron a Chamorro ni los que seguían la pista B dieron con
Manzanares. Quien no dio con ellos, desde luego, he sido yo.
El caso es que Chamoro, dedicado hasta ese momento a la recluta de guerrilleros, le encomendó
a Vitini la tarea de controlar los diferentes grupos de guerrilleros de Madrid, para lo cual le presentó
a Hilario.
Vitini les describió a Hilario a su manera: tenía unos treinta años, era más bien bajo, de
complexión corriente, vestido a todas horas con un traje de los llamados de mecánico, el clásico
mono azul. Fue realmente el encargado de ir presentándole a los diferentes responsables de los
grupos guerrilleros que había en ese momento en Madrid.

W.G. Sebald  Vértigo 119 paginas      187-119=68

Quizá esto le pareciera al Dr. K. la descripción de una lucha, en la que, como en aquella otra que tiene lugar en la Laurenziberg, el protagonista mantiene una relación autodestructiva con su enemigo hasta tal punto íntima que aquel que es acorralado por su acompañante se ve obligado a hacer profesión de fe a última hora: Estoy prometido, lo confieso. Y qué otro remedio le queda a quien ha sido acorralado hasta este punto más que intentar desprenderse de su silencioso compañero mediante un disparo de pistola que, por cierto, la película muda hace visible como una pequeña nube de humo. En el instante de algún modo dispensado del transcurso de tiempo en el que éste mismo se diluye, Balduino queda liberado de su locura. Toma aire, sintiendo a la vez cómo la bala le ha atravesado el propio pecho,

y muere, en la parte inferior de la imagen, de una muerte ostensible, con lo que toda la escena, que flamea como una luz que se apaga, pasa a ser el aria muda del héroe agonizante.

El Dr. K. escribió que en aboluto percibía como algo ridículo tales espasmos agónicos frecuentes en la ópera o ese vagar sin rumbo de la voz en la melodía, sino que le parecían expresión, por decirlo de alguna manera, de nuestra desgracia natural, pues a lo largo de toda nuestra vida, observa en otro punto, yacemos sobre el escenario y morimos.

Seifert Jaroslav  Toda la belleza del mundo   pag  187

Una nación  como la nuestra, en los momentos de peligro se une estrechamente a la memoria y la obra de su gente grande y famosa. Estas sombras

vivientes no se pueden separar de los muros de nuestra capital, donde la mayoría de ellos vivió y trabajó. Y en momentos así, toda la nación se aferra tam­bién a estos muros, que no enmudecen ni mueren jamás.

Me guardo de tocar una cuerda sentimental para que no suene a la melodía que hoy canta cualquier ensalzador de los tiempos antiguos. En los tiempos antiguos, eso es verdad, todos los caminos conducían a esta ciudad, mientras que la capital estaba atravesada por el único camino hacia la espe­ranza. ¡Cuánto temíamos por su destino —y por el destino de la nación— cuando aullaban las sirenas en los tejados! Esta especie de cariño tiene un nombre sencillo: es el amor.

Los sentimientos cubren suavemente el pasado lejano y cercano con un velo de leyendas y cuentos que, sin intentar dañar la verdad, aligeran los destinos y ayudan, en las épo­cas de desgracia, a pensar en tiempos mejores. ¡Acordaos cuando sobre el Castillo levantaron una bandera con la cruz gamada!

Susan Sontag  El amante del Volcan

Resulta raro que de las gentes consideradas vulgares se suponga invariablemente que se desconocen a sí mismas, con la implicación de que si sólo supieran qué aspecto tienen o cómo se comportan inmediatamente cambiarían: mejorarían su dicción, pasarían a ser reticentes y sutiles, se pondrían a dieta. Esta puede ser la forma más amable que adopte el esnobismo, pero no es menos obtusa por ser amable. Intenten persuadir a un adulto de buena fe, confiado en sí mismo, de origen plebeyo, de que renuncie a un rico surtido de manierismos considerados vulgares, inténtenlo... y verán el éxito que cosechan. (El Cavaliere lo ha intentado, y hace ya mucho tiempo que cesó de intentarlo, o que no le preocupa: él la quiere.) Por tanto, se asumía que ella era inconsciente del cambio sufrido por su cuerpo. Pero las costuras de sus trajes favoritos tenían que abrirse cada pocos meses, actividad que ahora ocupaba buena parte de las energías de su querida madre, ayudada por Fátima: ¿cómo podía ella no saberlo? Y si ahora se engalana en exceso, es precisamente para decir: no me miréis a mí, mirad mis vestidos de satén, mis anillos, mi cinturón con borlas, mi sombrero con plumas de avestruz: una estrategia de modestia no muy distinta a la del coleccionista, pero considerablemente menos efectiva. Sus detractores miraban sus galas y la miraban a ella.

Salman Rushdie  Los versos Satanicos

Ya no parecía necesitar la comida ni el
descanso; sólo sentía el afán de moverse constantemente por aquella metrópoli torturada cuya
textura estaba transformándose por completo; las casas de los barrios ricos se construían ahora
de miedo solidificado; los edificios del Gobierno, de vanagloria y desprecio, y las viviendas de
los pobres, de confusión y sueños materiales. Cuando miras con ojos de ángel, ves esencias en

lugar de superficies, ves la corrupción del alma que levanta ampollas y pústulas en la piel de los
transeúntes, ves la generosidad de algunas personas posada en sus hombros en forma de ave.
Mientras vagaba por la ciudad transformada, vio diablillos con alas de murciélago sentados en
las esquinas de edificios hechos de mentiras, y vislumbró duendes que reptaban como gusanos
por entre las baldosas rotas de los urinarios públicos. Al igual que el fraile alemán Richalmus
en el siglo trece, sólo con cerrar los ojos veía nubes de demonios minúsculos que envolvían a
cada hombre y mujer del mundo, bailando como motas de polvo al sol, ahora Gibreel, con los
ojos abiertos al claro de luna y a la luz del sol, detectaba en todas partes la presencia de su
adversario, de su —para devolver a la vieja palabra su significado original— shaitan

Deschner   Historia criminal del Cristianismo

Atenágoras nos cuenta que «los cristianos ni siquiera soportan ser

espectadores de una ejecución capital ordenada por sentencia», puesto
que, según su criterio, «apenas hay diferencia entre asistir a una ejecu-
ción y perpetrarla uno mismo, razón por la cual prohibimos ese género
de espectáculos». «Así pues, nosotros, que ni siquiera osamos mirar
para no contaminarnos de la infamia y la deuda de sangre, ¿como sería-
mos capaces de matar a nadie?»

Eso, como queda dicho, rige en cualquier caso. Más aún cuando se
trata de matanzas en masa, de hecatombes. De aquí que la Iglesia primi-
tiva condenase la guerra «sin paliativos» (Cadoux); «amar al prójimo y
matarle son nociones incompatibles». «Todos los autores notables, tan-
to del Oriente como del Occidente, rechazan la participación de cristia-
nos en las acciones bélicas» (Bainton). Todavía era desconocida la ab-
surda distinción que introdujo el clero posconstantiniano después de ha-
ber degenerado en Iglesia oficial y estatal, cuando condena las muertes
al por menor, digamos, pero elogia las matanzas en el campo de batalla.
Los caminos están infestados de salteadores, los piratas hacen estragos
en los mares, escribe el futuro mártir Cipriano («sin duda el obispo afri-
cano más notable del siglo ni, quizá sin exceptuar a Agustín», según
Marschall), en todas partes de la tierra se derrama la sangre humana,
pero «cuando es la de un solo hombre le llaman crimen; cuando son mu-
chos y se hace públicamente, dicen que es un acto de valor. La magnitud
del estrago asegura la impunidad del criminal.. .».

Precisamente, la magnitud del estrago que excusa al criminal ha venido
siendo desde siempre la moral de la Iglesia.

sábado, julio 18, 2009

LIBROS RARAMENTE ENCUADERNADOS

20080625145505-poder-de-los-libros-6

LIBROS ENCUADERNADOS
EN PIEL HUMANA
HOLBROOK J A C K S ON
Traducción de NvRiA VILLAGRASA VALDIVIESO
MUCHOS amantes del arte ligatorio son tan perversos que sólo les complace
lo que normalmente es inaccesible para los demás. Si está de
moda la piel de becerro o la de marroquín, todos quieren la de foca o la de
tiburón; prefieren las pieles de pitones y cobras frente a la popularidad de las
de cordero o cerdo; y la belleza marfil de la vitela pierde su simplicidad
rnediante extraños tintes. Algunos intentan poseer al menos un libro encuadernado
en piel humana, que exaltan desmedidamente por encima del resto.
Este gusto no es apto para estómagos delicados, pero proporciona un placer
extraño —y, para algunos, impuro— a aquellos a los que satisfacen las
•deas atípicas y las experiencias curiosas y exóticas. Recientes estudios de
psicología sitúan este gusto entre las aberraciones de la mente, y algunos,
como Bloch, lo consideran fetichismo sexual. Por ejemplo, el pecho femenino
es «un fetiche psicológico natural para el sexo masculino», pero aparte
de esta atracción normal «existe una singular variedad de fetichistas del
pecho que emplean el pecho separado del cuerpo para la encuademación de
libros»'; y cita a Witkowski: «Existen algunos bibliomaniacos y erotómanos
•íue poseen libros encuadernados en piel de mujer que toman de la zona del
pecho de modo que el pezón forma una hinchazón característica en la
cubierta»^. Hay quien duda de la existencia de estas encuademaciones y les

resta importancia a estas leyendas, igual que a las anécdotas de pescadores,
las historias de marineros o los cuentos de las ancianas. Confieso que estas
historias no parecen creíbles, pero varios observadores de confianza han
documentado bien la existencia de libros encuadernados en piel humana.
Pero antes de exponer mis datos, permitan que me ocupe de la leyenda:
oscurezcamos la verdad.
En todas las épocas de intensa agitación, como guerras, revoluciones,
hambrunas y epidemias, los rumores desempeñan un papel fundamental en
la distribución de noticias, como bien sabemos los que vivimos los peligros
y ansiedades de la Primera Guerra Mundial. En aquellos días fireron muchos
los que creyeron que durante el trágico otoño de 1914 se transportaron
grandes ejércitos de rusos desde el puerto de Arcángel en Rusia hasta el
norte de Escocia, y desde allí por tren hasta el sur de Inglaterra para embarcarse
hacia Francia, con el fin de ayudar a nuestras apuradas tropas, que por
entonces caían ante los alemanes en lo que parecía una retirada irrecuperable.
Posteriormente se documentó que cuando nuestras tropas se encontraban
en Mons recibieron la protección especial de huestes de ángeles que
fiíeron vistas por muchos de nuestros soldados; y más tarde aún —lo que se
aproxima más a nuestro tema— apareció en los periódicos la noticia de que,
debido a la escasez de grasas y aceites, los alemanes habían organizado una
gran fábrica en la que transformaban los cuerpos de los alemanes y enemigos
muertos en esos materiales esenciales para la vida. Estas leyendas suelen circular
en tiempos de tribulación y están tan cuidadosamente tejidas en la tela
de todos los documentos que resulta imposible dilucidar dónde empieza la
Historia y termina la leyenda. Algunas autoridades en la materia sostendrán
que hay poca diferencia entre una y otra.
El hecho de que la piel humana se haya curtido en épocas modernas y
remotas está bien documentado en la actualidad. Esta piel resulta dócil para
el proceso de curtido igual que el cuero de cualquier otro animal, pero presenta
claras diferencias de calidad entre una piel y otra, siendo algunas
burdas y ásperas al tacto y otras suaves y lustrosas; y algunos de mis atentos
lectores se sorprenderán al saber que los cueros difieren en grosor entre 4,2 y
3,5 milímetros'. El curtido aumenta el grosor y transforma una piel dura en
un cuero suave y de grano fino. Aparentemente, expone Davenport^, parece
de becerro, pero resulta difícil desprender el pelo completamente. Otra auto-

ridad en la materia sostiene que se parece más a la de oveja con una textura
firme y cerrada, suave al tacto y susceptible de un lustre fino. Otro afirma
que es porosa como la de un cerdo. Puedo apoyar esta opinión a partir de mi
propia observación de un trozo de cuero humano curtido en Londres hace
unos treinta años y que actualmente se encuentra en posesión del señor
Zaehnsdorf. Esta muestra recuerda a una suave piel de cerdo. Tiene casi
3,2 milímetros de grosor, pero Edwin Zaehnsdorf sostiene que el grano se
asemeja más a la piel de marroquín que a la de cerdo. Para obtener un cuero
utilizable, la piel humana «debe saturarse varios días en una solución ftierte
de alumbre, vitriolo romano y sal común, secarse a la sombra y curtirse
siguiendo el procedimiento habitual»'.
La primera referencia que he encontrado sobre el curtido de piel
humana es una leyenda de Marsias, quien imprudentemente retó a Apolo en
un concurso musical y, al perder, pagó la pena acordada de sufrir que le
desollaran vivo. Algunos dicen que su piel se guardó en forma de vejiga o
pelota, o como otros creen, de botella: «Me pueden despellejar vivo», dijo
Ctesipo, «pero sólo si mi piel no acaba, como la de Marsias, en una botella
de cuero, sino en un trozo de virtud» . Una diligente leyenda de la época de
la Revolución Francesa cuenta cómo se enviaban los cadáveres de los aristócratas
a una curtiduría de Meudon, donde sus pieles se convertían en cuero
y se utilizaban para encuadernar libros, además de para otros fines. Uno de
los relatos más memorables trata de unos pantalones que se hicieron para un
francés cuya criada había sido ejecutada por robo. Este ingenioso moralista
nunca se cansó de denunciar a la chica y, después de cada diatriba, se golpeaba
el trasero con gran satisfacción murmurando: «Pero aquí está la muy
picara, ¡aquí está!».
En 1684 Sir Robert Viner, el leal concejal de Londres, donó a la biblioteca
Bodley «una piel humana curtida, junto con un esqueleto humano y el
cuerpo disecado de un negro»^. William Harvey se presentó en el Colegio de
Médicos con una piel humana curtida y también hay muestras en la Universidad
de Basilea y en el Museo Fisiológico del Liceo de Versalles. En la
Exposición del Centenario de América se exhibió una baraja de cartas de piel
humana. Villon, en su obra sobre la industria de la piel, recoge que en el
siglo XVIII se usaban pieles de indigentes para fabricar zapatos de niños en
Tewkesbury, Massachusetts; pero que se abandonó esta costumbre por una

ley que penaba con cinco años de prisión el comercio de piel humana. Pero
la historia de la piel más romántica corresponde al general Jan Ziska de
Bohemia, que «quiso que se hiciera un tambor con su piel cuando muriera,
porque creía que el mero sonido de éste haría huir a sus enemigos»^, tal y
como conseguía su fama mientras vivía.
Así pues, una vez comprobado que las pieles humanas se han curtido y
que pueden ser utilizadas, no resulta difícil ampliar su uso a otros fines
y, teniendo en cuenta, como dicen los abogados, la estrecha relación que se
da entre libros y hombres, el comportamiento humano, etcétera, me parece
lógica —aunque macabra— la aplicación de este tipo de cuero en los libros.
El desarrollo de esta práctica se vio impulsado en Francia por circunstancias
económicas, así como de temperamento. El arte de encuadernar «desapareció
durante la tempestad revolucionaria», dijo uno', «y los libros se encuadernaban
en piel humana»; y otra autoridad'" apunta que «un resultado de
los horrores de la Revolución Francesa fue este macabro humor de encuadernar
libros con la piel de seres humanos»; y todo el mundo recuerda el
comentario de Carlyle que se cita en Dr. Claudius: «Los nobles franceses se
reían de las teorías de Rousseau, pero sus pieles sirvieron para encuadernar la
segunda edición de su libro»". Podría enumerar muchas más citas de este
tipo, pero son suficientes, ya que no pueden contrastarse con pruebas y
muchas autoridades de fiar —entre las que se incluye Sansón, el verdugo del
Estado, en su Diario—, lo han desmentido. Por lo tanto, si la historia perdura,
debemos llegar a la conclusión de que la mayoría de la gente prefiere la
leyenda a la Historia: creen lo que prefieren creer.
De libros encuadernados en piel humana podemos encontrar muchos
ejemplos en colecciones tanto públicas como privadas. En el Museo Carnavalet
de París, Cyril Davenport'^ vio un ejemplar de la Constitución de 1793
encuadernado en la piel de un revolucionario; Dibdin menciona un ejemplar
de la biblioteca del famoso coleccionista Dr. Askew, pero se olvida de
nombrar el libro; otro historiador afirma que en Marlborough House hay un
libro encuadernado en la piel de Mary Putnam, una bruja de Yorkshire''.
Percy Fitzgerald tiene varios ejemplos: el del acta del juicio y ejecución de

Corder, que había asesinado a María Martín en el Red Barn, encuadernado
en la piel del asesino, curtida con ese propósito por un cirujano de Bury St.
Edmunds. También cuenta la historia de los sonetos de un poeta ruso encuadernados
en la piel de su propia pierna, que había sido amputada tras un
accidente de caza, «para su presentación ante la dama de su corazón»; y
finalmente comenta cómo un librero de St. Michael's HíU, Bristol, le enseñó
a un coleccionista varios volúmenes que la Biblioteca de Derecho de Bristol
le había enviado para arreglar. «Todos estaban encuadernados en piel
humana, especialmente curtida para la ocasión, procedente de inculpados
locales, desollados tras la ejecución»"'*. En los diarios de los hermanos Goncourt
se hace referencia a «un virtuoso inglés que encuadernaba sus libros
con piel humana»'^
Pero no sólo a nuestros compatriotas les gusta. El astrónomo ñ^ancés
Camille Flammarion felicitó en una ocasión a una bella condesa por el
encanto de la piel de sus hermosos hombros. Cuando ella falleció, dispuso
que curtieran la piel de sus hombros y espalda y se la enviaran a Flammarion
en recuerdo de la admiración que sintió por su dueña. El astrónomo empleó
una parte para encuadernar uno de sus libros más famosos, Cielo y tierra.
Otro relato afirma que hace unos años un funcionario de la Escuela de
Medicina de París hizo curtir la piel de Campi, un asesino ejecutado, y la usó
para encuadernar los documentos de su autopsia' . André Leroy protegió
unos pequeños trozos de la piel del poeta Delille con los que hizo unas
incrustaciones en la suntuosa encuademación de un ejemplar de las Geórgicas.
Otros autores franceses, como Alfred de Musset, han manifestado su
preferencia por este tipo de cuero, y no dudo de que en muchos países pueda
rastrearse el gusto por las encuademaciones en piel humana; pero como no
estoy escribiendo un tratado sobre este tema, terminaré con el último ejemplo
que he podido hallar. En 1891 un doctor encargó a Zaehnsdorf encuadernar
un ejemplar de Dance ofDeath de Holbein en la piel de una mujer. La piel
que he mencionado se curtió en Sv^^eeting, en la avenida Shaftesbury, y los
artífices que encuadernaron y doraron las letras en el volumen siguen vivos'^.
El pelo humano se usó apropiadamente para la cabezada del libro, en lugar
de la seda. No se sabe dónde se encuentra actualmente ese volumen, pero se
cree que en América.