sábado, octubre 18, 2008

OPIO-ORO-DINERO-FIN

La guerra del Opio o Guerra anglo-china ocurrió entre 1839 y 1860 y fue el resultado de los conflictos comerciales entre China y el Reino Unido. China estaba intentando prohibir el consumo de drogas, particularmente del destructivo opio que generaba fuertes adicciones entre su población con las graves consecuencias sociales y económicas mientras que Gran Bretaña contrabandeaba el opio procedente de la India británica y lo introducía en China.
Durante el siglo XVI China y Europa comenzaron su intercambio comercial marítimo. Se establecieron colonias portuguesas en India y Macao, España adquirió las Filipinas, y el comercio creció aceleradamente. Desde Manila partían galeones cargados con las riquezas de Oriente.
El emperador Qing intentó limitar el contacto con Occidente permitiendo que solamente Cantón estuviese abierto al comercio, imponiendo a los europeos pesados trámites y restricciones para la venta de sus productos y protegiendo sus propios monopolios de producción de la competencia, con lo que los precios subieron y la demanda china de productos europeos bajó; España inició la venta de opio a los chinos, junto con tabaco y maíz para equilibrar el déficit.
En el Reino Unido, había gran demanda de té, seda y porcelana chinas, pero los productos británicos no estaban posicionados en China, por lo que el país tenía un fuerte déficit comercial y los artículos chinos tenían que pagarse con plata. Para compensar el déficit, siguió el ejemplo de España, vendiendo a los chinos el opio que se cultivaba en la India británica. El comercio del opio creció y la plata británica disminuyó en China.
En 1729, el emperador Yongzheng prohibió su comercio, por la gran cantidad de adictos que generaba. La prohibición generó el conflicto, pues mientras el emperador chino veía en la droga un peligro para la población, los británicos veían en el comercio del opio una manera de compensar el comercio con China, pues la droga les generaba ganancias cercanas al 400 por ciento. Las guerras que se entablaron por esta razón y los acuerdos y tratados que les siguieron, llevaron a abrir los puertos chinos al comercio y a colapsar la economía china.
La droga se cultivaba en China desde el siglo XV, se mezclaba con tabaco de acuerdo con una receta inventada por los españoles, los holandeses dominaron el mercado a partir del siglo XVII y el consumo se generalizó tras el contrabando británico en el XVIII. Tras percatarse de los problemas de salud vinculados con el opio, en 1829 el gobierno imperial chino prohibió su consumo; la droga comenzó a circular clandestinamente.
El Emperador Daoguang, alarmado ante el creciente y desenfrenado consumo de Opio en China , encomendó a Lin Hse Tsu su combate. Lin Hu Tsu ordenó la destrucción de cerca de veinte mil cajas de opio y envió un correo a la Reina Victoria pidiendo que respetase las reglas del comercio internacional, no introduciendo más opio a suelo chino. Por toda respuesta, en noviembre de 1839, la reina Victoria envío a la flota británica para atacar a la armada china en Hong Kong, iniciándose la contienda, de la resultaría derrotada China. En la guerra del Opio estarían implicadas otras naciones, como Francia, aliada y socia comercial de Gran Bretaña y Alemania.
Tras perder, China se vio obligada a tolerar el comercio del opio y a firmar tratados unilaterales y humillantes en los que se le forzaba a abrir sus puertos, en el Tratado de Nankín, China cedió Hong Kong a Gran Bretaña y amplió el territorio de concedido a los portugueses.
El sentimiento de vergüenza y humillación provocaría otras rebeliones en China como la Rebelión Taiping en 1850 y que se consideró una segunda guerra del opio, la Rebelión Boxer en 1899, y finalmente el levantamiento armado encabezado por Sun Yan-set y el Kuomintang, que traería como consecuencia el derrocamiento, en 1911, de la Dinastía Qing.
Artículos Relacionados

L´esputnic


Con medio siglo de retraso se publica una novela corta inédita de Salvador Dalí…
L’Esputnic du paubre (sic) (El sputnik del pobre) es un relato surrealista, futurista, ecologista (¿?), escrito en un francés macarrónico, salpicado de faltas de ortografía, vulgarismos catalanes, rescatado por Michel Déon, el gran escritor que puso en un francés de gran estilo varias obras literarias del pintor de genio.
A finales de los años cincuenta del siglo pasado, Dalí entregó a su editor francés el manuscrito original de El sputnik del pobre. Los rusos habían lanzado en 1957 Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia. A partir de tal acontecimiento, el pintor escribió, en mayúsculas, en un cuaderno escolar, una suerte de relato onírico y futurista: ¿qué hacer con las basuras terrestres..? ¿lanzarlas al espacio, en un satélite artificial..?
Ni que decir tiene: a partir de la anécdota, Dalí dejó correr su delirante imaginación, escribiendo en un francés que roza lo incomprensible, con docenas de faltas de ortografía y giros “surrealistas” por página. Encantado con el resultado de su trabajo, entregó a su editor (Fasquelle) sus dos copias originales. Horror de horrores: ¡el editor perdió los originales de Dalí..! Y el relato futurista y ecologista de Dalí se dio por perdido.
LA PLUMA FRANCESA DE DALÍ Más de medio siglo más tarde, Michel Déon, buen novelista desconocido en España, ha rescatado entre sus papeles personales uno de los originales del relato de Dalí. Y su hija, editora en La Table Ronde, publica la obra daliniana, en facsímil. Se trata de una pequeña joya delirante, que tiene una larga historia.
Antes de consagrarse como escritor de la más alta escuela, Déon trabajó mucho para Dalí. Fue Deón quien puso en francés correcto y elegante varias obras de Dalí. Y esa complicidad creó entre ellos profundos lazos de amistad, durante veinte o treinta años. Déon fue la “pluma” francesa de Dalí. El francés de Dalí en media docena de libros es el francés de Michel Déon. Dalí tenía un francés escrito muy pintoresco, gutural, infantil, rozando lo grotesco. Déon dio una nobleza cierta a la obra francesa del genio del Ampurdán.
El Sputnik del pobre quizá no tenga un puesto capital en la historia de las literaturas. Pero es un testimonio último de las tribulaciones literarias de un legado de genio. No es poco.
Le Figaro, 16 octubre 08, Michel Déon :

jueves, octubre 16, 2008

EL ROBO




En todas las reuniones familiares, al final, siempre se acaba hablando de lo mismo.


Me gustaría saber dónde está el cuerpo de mi padre, nunca regreso del frente.


Si hubieran venido de otra forma, sin destrozar las iglesias, sin hacer las tonterías que hacían.


No querían que hubiera dinero, la ilusión recorría los campos. Fue como un experimento, un nuevo monstruo levantaba la cabeza.


Han pasado los años y lo que nos toca vivir es el fin de una época dominada por el vil metal, con que sorpresa nos obsequiaran durante los próximos años. Un respeto por toda aquella gente que dio su vida. Están desenterrando sus huesos, quizá, tal vez el próximo desfile de la fuerzas armadas, en el homenaje a los caídos se incluya una bandera republicana.


En el 36 un toro rompió el tiempo, ojala nos conduzca por buen camino.





sábado, octubre 04, 2008

MENTIROSOS









En el hombre conviven dos sentimientos opuestos. No hay nadie, por ejemplo, que ante la desgracia del prójimo, no sienta compasión. Pero si esa misma persona consigue superar esa desgracia ya no nos emociona mayormente. Exagerando, nos tienta a hacerla caer de nuevo en su anterior estado. Y sin darnos cuenta sentimos cierta hostilidad hacia ella. Lo que Naigu sintió en la actitud de todos ellos fue, aunque él no lo supiera con exactitud, precisamente ese egoísmo del observador ajeno ante la desgracia del prójimo.


Día a día Naigu se volvía más irritable e irascible. Se enfadaba por cualquier insignificancia. El mismo discípulo que le había practicado la cura con la mejor voluntad, empezó a decir que Naigu recibiría el castigo de Buda. Lo que enfureció particularmente a Naigu fue que, cierto día, escuchó agudos ladridos y al asomarse para ver qué ocurría, se encontró con que el ayudante perseguía a un perro de pelos largos con una tabla de unos setenta centímetros de largo, gritando:" La nariz, le pegaré en la nariz".


Naigu le arrebató el palo y le pegó en la cara al ayudante. Era la misma tabla que había servido antes para sostener su nariz cuando comía.


Naigu lamentó lo sucedido, y se arrepintió más que nunca de haber acortado su nariz.


Una noche soplaba el viento y se escuchaba el tañido de la campana del templo. El anciano Naigu trataba de dormir, pero el frío que comenzaba a llegar se lo impedía. Daba vueltas en el lecho tratando de conciliar el sueño, cuando sintió una picazón en la nariz. Al pasarse la mano, la notó algo hinchada e incluso afiebrada.

AKUTAGAWA LA NARIZ pag.51

Tal vez en este relato te he dado la impresión de que Willie y yo no hacíamos más que discutir. Por supuesto que no era así, hija. Excepto cuando yo me iba a dormir donde Tabra, es decir, en los momentos más álgidos de nuestras escaramuzas, andábamos de la mano. En el auto, en la calle, en todas partes, siempre de la mano. Así fue desde el principio, pero esa costumbre se convirtió en una necesidad a las dos semanas de conocernos, por un asunto de zapatos. Dada mi estatura, siempre he usado tacones altos, pero Willie insistió en que yo debía andar cómoda y no como las concubinas chinas de la antigüedad, con unos pies de lástima. Me regaló un par de zapatillas deportivas que todavía, dieciocho años más tarde, están nuevas en su caja.

Para darle gusto me compré unas sandalias que vi en la televisión. Mostraban a unas espigadas modelos jugando al baloncesto en traje de cóctel y con tacones altos, justo lo que yo necesitaba. Me deshice del calzado que había traído de Venezuela y lo reemplacé por aquellas sandalias prodigiosas. No resultaron: se me salían de los pies y tan a menudo fui a dar de narices al suelo que, por razones de seguridad elemental, Willie me ha llevado siempre bien agarrada de la mano. Además, nos tenemos simpatía y eso ayuda en cualquier relación. A mí me gusta Willie y se lo manifiesto de variadas maneras. Me ha rogado que no traduzca al inglés las palabras de amor que le digo en español, porque suenan sospechosas. Le recuerdo siempre que nadie lo ha querido más que yo, ni su propia madre, y que si me muero él acabaría abandonado en una residencia geriátrica, así es que más vale que me mime y me celebre.

ISABEL ALLENDE LA SUMA DE LOS DIAS pag.51

Tienes un poco de jabón en la oreja —dijo el Hombre señalando la espuma que hervía, helada, en el ángulo del mentón del Juez—. Parece una enfermedad de la piel, si las mecanógrafas de la policía te ven echarán a correr a gritos por temor al contagio.

Pero el Ilustrísimo, sordo, imaginaba Vigo, una ciudad lúgubre, una tarde lluviosa, hileras de farolas encendidas, una primera planta de arrabal, tres fulanos de gabardina y manos en los bolsillos subiendo la escalera, tocando el timbre, esperando, el Hombre, en camiseta, comentando a lo lejos No me digas que encontraste la tienda de comestibles cerrada, abriendo la puerta, sonriente, con un sacacorchos y una botella de rosé en los dedos, retrayéndose de inmediato uno o dos metros, con la boca muy abierta, presa de pánico, imaginó una sala pequeña con un juego de sofás color malva y una mesita baja, uno de los fulanos agarró con fuerza el cogote del Hombre, un sopapo, un rodillazo, varios sopapos, el Hombre, a gatas en el suelo, con los labios rajados, dando fe con sollozos, palpándose las encías, No he denunciado a nadie, un zapato se le acercó a la cara y le deshizo la ceja, le cegó el ojo izquierdo, le fracturó el pómulo, una bota se hundió entre sus muslos, un hilo de alambre, retirado con presteza del bolsillo, le trituraba los cartílagos de la garganta, el rostro del Hombre se fue despojando de expresión, los músculos se aflojaron, las personas dejaron de luchar, los fulanos empujaron el cuerpo hacia el balcón encristalado

LOBO ANTUNES TRATADO DE LAS PASIONES DEL ALMA pag.51

–Lo siento –dije, sin atreverme a mirarla–. No pude remediarlo.

–Probablemente son todos esos caramelos que te he estado dando. Tus tripas no están acostumbradas a ellos.

–Puede. O puede que sea que no tengo agallas, simplemente.

–No seas bobo, muchacho. Has tenido un pequeño accidente, eso es todo. Le ocurre a todo el mundo.

–Claro. Mientras lleva pañales. No me he sentido más avergonzado en toda mi vida.

–Olvídalo. Este no es el momento de compadecerte de ti mismo. Tenemos que limpiarte el trasero antes de que algo de esa plasta manche la tapicería. ¿Me estás oyendo, Walt? Me tienen sin cuidado tus malditos movimientos intestinales, lo único que no quiero es que mi coche pague el pato. Hay un estanque detrás de esos árboles y ahí es donde voy a llevarte ahora. Te quitaremos la mostaza y la salsa con un buen restregón y te quedarás como nuevo.

Yo no tenía más remedio que seguirla. Fue bastante espantoso tener que ponerme de pie y andar, con todo el chapoteo y el culebreo que tenía lugar dentro de mis pantalones, y puesto que no había dejado de sollozar, mi pecho subía y bajaba y se estremecía, emitiendo toda una gama de extraños sonidos medio ahogados. La señora Witherspoon iba delante de mí, guiándome hacia el estanque. Éste se hallaba a unos treinta metros de la carretera, separado de su entorno por una barrera de árboles raquíticos y matorrales, un pequeño oasis en medio de la planicie. Cuando llegamos a la orilla, me dijo que me desnudara, apremiándome con un tono de voz impersonal. Yo no quería hacerlo, por lo menos no mientras ella estuviera mirándome, pero una vez que me di cuenta de que no iba a volverse de espaldas, clavé los ojos en el suelo y me sometí a la penosa experiencia. Primero me desató los zapatos y me quitó los calcetines; luego, sin la más ligera pausa, me desabrochó el cinturón y la bragueta y dio un tirón. Los pantalones y los calzoncillos cayeron hasta mis tobillos de golpe, y allí estaba yo de pie con el pito al aire delante de una mujer adulta, mis blancas piernas manchadas de churretes marrones y mi culo apestando como la basura del día anterior. Ciertamente, fue uno de los momentos más bajos de mi vida, pero el inmenso mérito de la señora Witherspoon (y esto es algo que no he olvidado nunca) consistió en que no emitió ni un sonido. Ni un gruñido de asco, ni una boqueada de horror. Con toda la ternura de una madre lavando a su hijo recién nacido, metió las manos en el agua y comenzó a limpiarme, mojando y frotando mi piel desnuda hasta eliminar todo rastro de mi vergüenza.

–Ya está –dijo, secándome con un pañuelo que sacó de su bolso de cuentas rojas–. Ojos que no ven, corazón que no siente.

–Eso está muy bien –dije–, pero ¿qué hacemos con los calzoncillos sucios?

–Se los dejamos aquí a los pájaros, y eso vale también para los pantalones.

–¿Y espera que vuelva a casa así? ¿Sin ponerme nada en los bajos?

–¿Por qué no? Los faldones de la camisa te llegan a las rodillas, y además no hay mucho que esconder. Se trata de cosas microscópicas, muchacho, como las joyas de la corona de Liliput.

–No lance calumnias sobre mis partes, señora. Puede que para usted sean bagatelas, pero yo estoy orgulloso de ellas de todas formas.

–Por supuesto. Y eres un pajarito muy bonito, Walt, con esas pelotitas peladas y esos muslos suaves de bebé. Tienes todo lo que hace falta para ser un hombre. –Y entonces, para asombro mío, cogió todo mi paquete con la palma de su mano y le dio una buena y sana sacudida–. Pero todavía no lo eres. Además, nadie te verá en el coche. Hoy nos saltaremos la heladería e iremos derechos a casa. Si eso te hace sentirte mejor, te meteré en casa a hurtadillas por la puerta trasera. ¿Qué te parece? Yo soy la única que lo sabrá, y puedes apostar tu último dólar a que nunca se lo diré a nadie.

PAUL AUSTER Mr.VERTIGO pag.51

. Pasan los días y las noches en un torbellino, la luz de mi

habitación clausurada se ilumina y vira a un gris verdoso

para tornarse luego todo negro, aparece y desaparece la

vieja Anna, vuelve a aparecer con el orinal o el plato,

murmurando, riendo entre dientes. Aquí yazgo inserta en los

ciclos del tiempo, fuera del verdadero tiempo del mundo,

mientras mi padre y la mujer de Hendrik viajan por senderos

rectos como flechas que les llevan de la lujuria a la captura,

del desvalimiento al alivio de la rendición. Ya han dejado

atrás los arrumacos y los regalos y las tímidas inclinaciones

de cabeza. A Hendrik se le ordena acudir a los linderos más

remotos de la granja, a marcar ovejas a fuego. Mi padre

amarra su caballo a la entrada de la casa de su criado.

Cierra la puerta después de entrar. La chica intenta

desembarazarse de sus manos, pero la atemoriza pensar lo

que podría suceder. Él la desviste y la tiende sobre su

jergón de criada. Ella queda inerte en sus brazos. Él yace

con ella y se mece con ella en un acto del cual sé lo

suficiente para afirmar que también implica una ruptura de

los códigos.

J.M.COETZEE EN MEDIO DE NINGUNA PARTE pag.51


Tal vez para hacerse menos visible caminaba por el medio de la calzada. Yo adivinaba su blusa, más que verla, en alguna parte,arriba,en la sombra,una nariz saliente….Sobre todo,apreciaba el balanceo de sus manos.Salió a su encuentro.

ANDRÉ MALRAUX LA CONDICIÓN HUMANA pag.51

el calificativo de "deserción honrosa". Ésta era la diferencia que el propio general Burgoyne estableció, al dirigirse al Parlamento, entre los soldados que desafiando todas las dificultades se reintegraban a las fuerzas de Su Majestad y aquellos que abandonaban su regimiento con intención de ir a vivir entre los americanos.

Antes de nuestra partida tuve una oportunidad de ver a Sir Henry. Era un hombre bajito, corpulento y pletórico, con una nariz señorial y un aire de honradez y gallardía, aunque no era fácil penetrar su reserva ni era él tan afable con las tropas como lo había sido el general Burgoyne.

Aquella noche dormimos en el cuarto de guardia del cuartel general, y a la mañana siguiente, después de recorrer la ciudad, regresamos a King's Bridge. El sargento Collins se quejó mucho de lo cara que era ahora la vida en Nueva York, pero expresó la esperanza de que pronto "fuésemos lanzados a una campaña que empujase al abismo las tambaleantes fuerzas de los rebeldes". Dijo que ese verano había participado en una batalla naval contra los franceses, habiéndose ofrecido tres compañías del regimiento para actuar como fuerza de marinería bajo las órdenes del almirante Richard Howe. Iba en el barco Isis, de cincuenta cañones, al mando del capitán Raynor, cuando se entró en combate con el César, francés de setenta y cuatro cañones, que quedó tan maltrecho que, con sus velas al viento, fue a resguardarse al puerto de Boston.

-Pero la guerra principal por aquí -dijo- no es contra la rebelión, sino contra el fisco de Gran Bretaña. Me enfurece ver los escandalosos fraudes y desfalcos que se cometen aquí al amparo del gobierno militar.

ROBERT GRAVES ULTIMAS AVENTURAS DEL SARGENTO LAMB pag.51





lunes, septiembre 29, 2008

20 fotos increibles de oasis en el desierto

huacachina - small desert oasis 

20 Most Incredible Desert Oases [pics] | Environmental Graffiti

martes, septiembre 23, 2008

PODEROSO DON DINERO

La sobrina me hizo el favor de leerme el diario. Se lo dejé prestado. ¿No te iba a servir? Allí estás vos, tu nombrote, pero no está tu fotografía. Sólo publicaron los retratos de los abogados que son cuaches; curioso que estudiaran los dos la misma cañeta; de los siete herederos, indios ferósticos como yo, con el «pisto» los van a ver lindos, y de ese señorón, abuelo del que le dicen el Gringo, que juega con Fluvio tu sobrina. El otro día vos, como que me estabas contando que ese viejo mi compañero es padre de una perdida...

—Las malas lenguas así dicen, a mí no me consta.

—Será escritura para que te conste. Si te constara estaría en tu protocolo, donde ahora sólo reina «La princesa del dólar». ¿Y esa perdida es de aquí?

—¿Quién? ¿La princesa del dólar?

—Anda por allá. Sólo eso quisieras que yo también te endulzara el oído hablándote de esa otra gran perdida. Me refiero a la hija del señorón ése.

—Nació en Bananera, pero como su padre es norteamericano y ella ha vivido siempre en Nueva Orleáns, es más gringa que otra cosa.

—Y como los gringos no andan viendo que la mujer sea buena o mala, hizo bien en quedarse por allá. Son al contrario de los de aquí. Para los de aquí no hay mujer buena.

—No es verdad. La prueba: el viejo se decepcionó de la hija y se vino con el nieto a esconder aquí. Y cómo sería el desencanto que abandonó la compañía en vísperas de que lo eligieran presidente. Eso te prueba que sí les importa.

—Fluvio tu sobrino me contó que el Gringo, el nieto del señorón ese que vos tanto ponderas, hablaba de que a su abuelo una noche lo habían asaltado en las calles de Nueva Orleáns...

MIGUEL ANGEL ASTURIAS EL PAPA VERDE 97

En el parqué, Lyle se plegó a la racionalidad estricta del volumen y

el precio en todas sus ramificaciones. Una atención consumada era una

característica positiva, una mirada mansa por todas partes, la cordura

que residía en cuantas caras le salían al paso. Era un trabajo sólido, nítido

y a veces incluso animado, muy del Viejo Mundo en cierto modo, los

hombres reunidos en una plaza para tomar parte del intercambio verbal,

abierto, a la vez que tomaban nota de las cifras con lápices, los operarios

desconcertados ante la caligrafía del personal. El papel se acumulaba bajo

sus pies. Corrientes secretas, pensó, recordando el concepto de dinero

electrónico según Marina. Olas, sistemas, invisibilidad, poder. Pensó: bipbip-

bip-bip-bip. Uno de los brokers le dio un golpéenlo en la cabeza, de

broma, cual si fuera un combate de boxeo fingido. Lyle fue a la zona de

fumadores y llamó a la sede de la empresa desde una de las cabinas, preguntó

por Rosemary Moore. Le cogió Zeltner, colgó el teléfono. Fumó

cruzado de brazos, dando brincos sobre los talones. Tenía un aura de

sufrimiento viril, como si las cosas hubieran llegado a tal punto por el

despeñadero del error que ya no podían expresarse de una manera verbal

coherente, necesitadas de comentarios imposibles, de lágrimas o gritos.

DELILLO,DON JUGADORES 97

—Soy el criado de dos señores —dijo

Esteban—: uno inglés y uno italiano.

—¿Italiano? —preguntó Haines.

Una reina loca, vieja y celosa. Arrodíllate

ante mí.

Y también hay un tercero —dijo

Esteban— que me necesita para los mandados.

—¿Italiano? —repitió Haines—. ¿Qué

quiere usted decir?

—El Estado Imperial Británico —

respondió Esteban, subiéndosele los colores a la

cara —y la santa Iglesia Católica Apostólica

Romana.

JAMES JOYCE ULISES 97

—Sería preferible que se hiciera usted cargo de él. De lo contrario, las ratas nos invadirán en masse.

—Sí, Gómez, cómaselo —dijo la señorita Trixie, dejando caer el pringoso emparedado a medio comer encima de los papeles del escritorio del jefe administrativo.

—¡Mire lo que ha hecho, vieja imbécil! —gritó el señor González—. La culpa la tiene la señora Levy. ¡Era la declaración para el banco!

—¿Cómo se atreve usted a ofender así a la distinguida señora Levy? —atronó Ignatius—. Informaré de esto, señor.

—Me ha llevado una hora preparar esta declaración. Fíjese lo que ha hecho.

—¡Yo quiero el jamón de Pascua! —masculló la señorita Trixie—. ¿Dónde está mi pavo del Día de Acción de Gracias? Dejé un trabajo magnífico como taquillera de cine para venir a trabajar a esta empresa. Ahora, creo que me moriré en esta oficina. La verdad es que aquí se trata pésimamente al personal. Voy a jubilarme ahora mismo.

—¿Por qué no va a lavarse las manos? —le dijo el señor González.

—Eso es una buena idea, Gómez —dijo la señorita Trixie y salió camino del lavabo de señoras.

Ignatius se sintió defraudado. El esperaba una escena. El jefe administrativo empezó a hacer una copia de la declaración, e Ignatius volvió a la cruz. Pero primero tuvo que levantar a la señorita Trixie, que había vuelto y estaba arrodillada rezando en el sitio en el que Ignatius se colocaba para pintar. La señorita Trixie no se apartaba de él, salvo pequeñas escapadas para poner sellos a unos sobres para el señor González, para visitar varias veces más el aseo de señoras y para echar una siestecita. El jefe administrativo hacía el único ruido que se oía en la oficina con la máquina de escribir y la de sumar, que perturbaban ligeramente a Ignatius. La cruz estaba ya terminada en sus dos tercios. Faltaba sólo la inscripción en pan de oro, DIOS Y COMERCIO, que Ignatius había decidido colocar en la parte inferior de la cruz. Tras colocar las letras, Ignatius se hizo atrás y le dijo a la señorita Trixie:

—Ya está terminada.

—Oh, -Gloria, es maravillosa —dijo sinceramente la señorita Trixie—. Mire esto, Gómez.

—Qué bonita —dijo el señor González, examinando la cruz con ojos cansados.

—Ahora, a archivar —dijo, diligente, Ignatius—. Luego, a la fábrica. No puedo tolerar las injusticias sociales.

KENNEDY TOOLE LA CONJURA DE LOS NECIOS 97

—¡Vaya! Parece increíble. Siga, por favor —lo exhortó Wallander. —Bien. Hemos de retrotraernos al año 1992 —prosiguió Martin Oscarsson—. Al día en que dieron el golpe, en un tiempo muy limitado, por cierto. Después comprendimos que lo tenían perfectamente planificado. Todo sucedió un día en que estábamos celebrando una reunión con los asesores en una de las salas de reuniones del departamento de economía. Comenzamos a la una de la tarde y suponíamos que habríamos terminado para las cinco. Cuando la reunión empezó, Egil Holmberg nos hizo saber que tenía que marcharse a las cuatro, pero aquello no tenía por qué influir en la reunión. A eso de las dos y cinco, la secretaria del director de economía del Landsting entró en la sala y nos comunicó que Stefan Fjällsjö tenía una importante llamada telefónica. Creo recordar que del Ministerio de Industria. Stefan Fjällsjö se disculpó y siguió a la secretaria para atender la llamada en su despacho. La mujer nos contó más tarde que, cuando se disponía a abandonar el despacho para dejar a Stefan Fjällsjö a solas, éste le hizo saber que la conversación le llevaría unos diez minutos. Después, ella salió del despacho, con lo que, claro está, no conocemos los detalles de lo que sucedió, aunque sí a grandes rasgos. Stefan Fjällsjö dejó el auricular sobre la mesa. Ignoramos quién realizó la llamada, si bien no era, sin duda, del Ministerio de Industria. Entonces atravesó la puerta que comunica el despacho de la secretaria con el del director del departamento de economía y ordenó una transferencia de cuatro millones de coronas, en concepto de servicios de asesoría, a una cuenta de una sucursal del banco Handelsbanken en Estocolmo. Puesto que el director del departamento de economía ejercía en exclusiva el derecho de aprobación y certificación de las transferencias, no hubo problema alguno. En el extracto figuraba el número de contrato de la asesoría ficticia, creo recordar que se llamaba Sisyfos. Stefan Fjällsjö redactó un documento que confirmaba la aprobación de la transferencia. Para ello, falsificó la firma del director en el impreso correspondiente. Después, introdujo los datos de la confirmación en el ordenador y dejó el documento escrito en la carpeta del correo interno. Hecho esto, regresó al despacho de la secretaria, retomó la conversación con su compañero y dio por finalizada la conversación cuando la secretaria entró al despacho, transcurridos los diez minutos. Así culminó el primer paso de la estafa. Stefan Fjällsjö volvió después a la sala de conferencias, sin que hubiesen pasado ni quince minutos desde que salió.

Wallander lo escuchaba muy atento a fin de no olvidar ningún detalle, dado que se había comprometido a no tomar notas. Martin Oscarsson prosiguió:

—Poco antes de las tres, Egil Holmberg se levantó y abandonó la reunión. Sin embargo, como comprendimos más tarde, no llegó a salir de las dependencias del Landsting, sino que bajó al despacho del jefe de contabilidad, que se encontraba con nosotros en la reunión. Esto no era habitual aunque, para esta ocasión, los dos asesores así lo habían solicitado, de lo que se deduce que el plan estaba bien pergeñado de antemano. Egil Holmberg accedió al ordenador del jefe de contabilidad, introdujo el supuesto contrato y fechó la solicitud del pago de los cuatro millones de coronas una semana antes. Acto seguido, llamó a la mencionada sucursal del banco Handelsbanken en Estocolmo, notificó el abono y aguardó tranquilamente. Diez minutos más tarde, llamaron del banco para confirmar la transacción, que él ratificó. Así, no le quedaba ya más que una gestión por realizar, a saber, confirmar la orden de abono al banco del propio Landsting, antes de abandonar sus oficinas. La mañana del lunes, muy temprano, alguien solicitó un reintegro de cuatro millones de coronas en aquella sucursal del banco Handelsbanken, en Estocolmo. El sujeto, que se dio a conocer como Rikard Edén, pertenecía a la compañía Sisyfos. Tenemos motivos más que suficientes para creer que fue el propio Stefan Fjällsjö quien visitó el banco aquella mañana, aunque bajo otro nombre. Tardamos aproximadamente una semana en descubrir toda la operación. Presentamos una denuncia a la policía

MANKELL HENNING EL HOMBRE SONRIENTE 97


 

La fortuna del Rey de las Tartas. El paciente Greg Monroe


 

1 rascacielos donde vivía Edgar Woolf era suyo todo entero, planta por planta, ascensor por ascensor, ventana por ventana, pasillo por pasillo. O sea que las más de tres mil personas que trabajaban del sótano al piso cuarenta de aquel edificio eran empleados a las órdenes del Rey de las Tartas, y no había una sola habitación alquilada para otras oficinas, aunque todavía quedara alguna de sobra. Pero estas estancias disponibles iban siendo cada vez menos, a medida que el negocio, en auge creciente, requería instalaciones más modernas, ornamentación puesta al día y maquinaria en continua renovación. O por lo menos eso es lo que se empeñaba en creer mister Woolf, porque ya se sabe que los ricos sólo piensan en aumentar su riqueza, sacándole más rendimiento al dinero que ganan. En sus ratos libres, visitaba aquellos espacios aún vacíos, se paseaba por ellos de arriba abajo con las manos a la espalda.

MARTIN GAITE CAPERUCITA EN MANHATAN 97


 


 

En esa época, Lo aún tenía una verdadera pasión por el cine (habría de declinar

en tibia condescendencia durante el segundo año de su escuela secundaria).

Vimos, voluptuosamente, sin discriminación, ciento cincuenta o doscientas

películas durante ese solo año, y en los períodos en que íbamos con más

frecuencia al cinematógrafo llegamos a ver una película hasta media docena de

veces, ya que acompañaba a otras en una misma semana y nos perseguía de

ciudad en ciudad. Sus películas favoritas eran, en este orden: las musicales, las

del hampa y las de vaqueros. En las primeras, cantores y bailarines de verdad

hacían carreras irreales en un ámbito de existencia a prueba de aflicciones, del

cual estaban desterrados la muerte y la verdad y en el cual, por fin, el padre de

una corista, hombre de blanca cabellera, ojos húmedos y técnicamente inmortal,

acababa aplaudiendo su apoteosis –aunque al principio se había mostrado

reacio– en un Broadway fabuloso. El hampa era un mundo aparte: en él,

heroicos periodistas eran torturados, las apuestas telefónicas alcanzaban billones

y en una tensa atmósfera de pésima puntería los villanos eran perseguidos a

través de albañales y depósitos por policías patológicamente temerarios (yo

había de procurarles menos ejercicio). Por fin teníamos los paisajes arbolados,

los bravos jinetes de ojos azules y rostros floridos, la bonita maestrita que

llegaba a Roaring Gulch, el caballo con sus relinchos, el tropel espectacular, la

pistola arrojada a través del plateado vidrio de la ventana, la montaña de

polvorientos muebles anticuados que se desmoronaba, la estupenda lucha a

puñetazos, la mesa usada como arma, el oportuno salto mortal, la mano

atravesada que aún reptaba hacia el cuchillo caído, el gruñido, el chasquido del

puño contra la mandíbula, el puntapié en el vientre, e inmediatamente después

de un prodigio de dolor que habría hospitalizado a Hércules, y que ahora ya

conozco yo mismo, sólo una magulladura en la mejilla bronceada del héroe

entusiasta que abrazaba a su esplendorosa novia fronteriza.

VLADIMIR NABOKOV LOLITA 97

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------