viernes, octubre 02, 2009

ESCRITORES MUERTOS

Adiós, ahora, adiós. Escriban todo lo que
he dicho
y digan a Tom, Dick y Harry que me
levanté de entre los muertos.
Lo que está en la sangre no puede
fallarme para volar...
Adiós... sopla fuerte en el Monte de los
Olivos.

JAMES JOYCE  ULISESE    pag.47

Cuanto más conocía a Nagasawa,más extraño me parecía.Leía muchísimo más que yo,pero tenia por principio no adentrarse en una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor.Solo me fio de estos libros,decía-

HARUKI MURAKAMI   TOKIO BLUES   pag.47

Francesillo había llegado con cierta ilusión a su nuevo destino «literario». (Víctor
seguía en su papel de protector/espía.) Va a cambiar la cuenta de las alubias y el
pimentón por la literatura. Giménez Caballero nunca le había fascinado como escritor.
Pero ahora se encuentra con que viene a sustituir a un rojo, a un fusilado, a un viejo
republicano o comunista o socialista, o sencillamente a un hombre que no iba a misa
todos los domingos, sino uno sí y otro no. «Por la mañana la silla de un asesinado y
por la noche a fusilar gente, aunque sea de mentira. Víctor me está protegiendo de
una manera muy rara, ese maricón.» Pero Francesillo no puede exponerle este
escrúpulo al fundador del fascismo español, de modo que acepta y calla:
-Veo que eres un chico serio, Francesillo, y eso me gusta. También me gusta tu
nombre, que sin duda viene de Francesillo de Zúñiga, ¿conoces a los clásicos?, ésa es
tu silla y aquí tienes unas galeradas, ya puedes empezar.
Y la mañana zumba azul y tipográfica, inmensa, a la sombra gótica y mellada de la
catedral, sobre el pequeño escribiente florentino (de pronto se ha visto a sí mismo
como un personaje de Amicis).
Querida madre:
Por fin me han puesto a fusilar, pero no te asustes. Creo que nunca le he
acertado a nadie. De todos modos, no lo soportaba y Víctor me ha dado balas de
fogueo (no lo sabe nadie) para dejarme tranquilo

FRANCISCO UMBRAL   LEYENDA DEL CESAR VISIONARIO   pag.47

.

En su Historia, Rasidüddini Kazvini escribe complacido que hace doscientos cincuenta años
las artes más estimadas y reverenciadas en Kazvin eran la ornamentación de libros, la caligrafía y
la ilustración. El sha que por entonces ocupaba el trono de Kazvin, que gobernaba sobre multitud
de países, desde Bizancio hasta China (y quizá su amor a las ilustraciones fuera el secreto de su
fuerza), por desgracia no tenía hijos varones. Para que los países que había conquistado no se
dividieran tras su muerte, decidió encontrar como marido para su bonita hija a un ilustrador
inteligente, para lo cual organizó un concurso entre tres grandes maestros de sus talleres, los tres
solteros. Según

la Historia de Rasidüddini el concurso tenía un tema muy sencillo: ¡ver quién
hacía la pintura más hermosa! Como, al igual que Rasidüddini, los tres jóvenes ilustradores sabían
que aquello significaba pintar como los maestros antiguos, cada uno de ellos recreó una escena de
las que más gustaban: una joven hermosa con la mirada en el suelo, ahogada por penas de amor, en
un jardín paradisíaco entre cedros y cipreses, tímidos conejos e inquietas golondrinas. Uno de los
ilustradores, que quería distinguirse de los otros, aunque sin saberlo los tres habían pintado la
misma escena exactamente igual que los maestros antiguos, ocultó su firma en el lugar más
recóndito del jardín, entre unos narcisos, con la intención de hacer suya la belleza de la pintura.
Pero a causa de aquella insolencia, que tanto le alejaba de la humildad de los maestros de antaño,
fue desterrado de Kazvin a China. Así pues, se convocó otro concurso entre los dos restantes. En
esta ocasión ambos pintaron a una bella joven montada a caballo en un jardín maravilloso, una
escena tan hermosa como una poesía. Uno de ellos, bien porque se le desviara el pincel o bien a
propósito, es imposible saberlo, pintó de manera un tanto extraña la nariz del caballo blanco de
aquella joven de ojos rasgados y pómulos salientes como las chinas; aquello fue considerado de
inmediato como un defecto tanto por el padre como por la hija. Cieno, el ilustrador no había
firmado su pintura, pero había introducido en aquella prodigiosa escena una imperfección
magistral en la nariz del caballo de manera que se notara. «La imperfección es la madre del estilo»,
dijo el sha y desterró al artista a Bizancio. Pero según la gruesa Historia de Rasidüddini Kazvini
mientras se realizaban los preparativos de la boda entre la hija del sha y el hábil ilustrador, que
pintaba sin ninguna firma y sin ninguna imperfección, exactamente igual que los maestros
antiguos, ocurrió algo más: un día antes de la boda, la hija del sha se pasó el día mirando
melancólicamente la pintura que había hecho aquel que al día siguiente sería su marido. Por la
tarde, cuando caía la oscuridad subió a ver a su padre: «Los maestros antiguos siempre pintaban a
las jóvenes hermosas de sus prodigiosas obras como si fueran chinas y ésa es una norma
inalterable que nos vino de Oriente, es cierto —le dijo—. Pero cuando amaban a alguien siempre
ponían algo de su amada, cualquier huella, en las cejas, en los ojos, en los labios, en el pelo, en la
sonrisa o incluso en las pestañas de la bella que pintaban. Esa imperfección secreta que introducían
en su pintura se convertía en una señal de amor que sólo los propios amantes podían reconocer. He
estado todo el día observando la pintura de la hermosa joven montada a caballo, padre mío, ¡y no
tiene el menor rastro de mí! Este ilustrador quizá sea un gran maestro, y joven y guapo, pero no me
ama». Y así el sha anuló de inmediato la boda y padre e hija vivieron juntos hasta el final de sus
vidas.
ORHAN PAMUK   ME LLAMO ROJO   pag.47

Fue al escritorio y empezó a buscar desordenadamente. El tipo le esperaba en la puerta. Kern comprobó sus bolsillos y miró debajo del sillón.

—Puede irse. Se la daré al conserje más tarde.

La raya del pelo se inclinó y la puerta se cerró con suavidad.

Kern estaba disgustado por haber perdido la carta. Aquella carta precisamente. Lo había formulado tan bien, tan sencilla y llanamente, todo lo que necesitaba ser dicho. Y ahora no podía recordar las palabras. Sólo le venían frases sin sentido. Sí, aquella carta había sido una obra maestra.

Empezó a escribir de nuevo, pero resultó fría y retórica. Selló la carta y copió la dirección con esmero.

Se sintió ligero, como aliviado. Se mataría de un tiro a las doce; después de todo, un hombre que ha decidido matarse es un dios.

VLADIMIR NABOKOV    CUENTOS COMPLETOS     pag.47

Compadezco, hijo mío, a los hombres ignorantes, a quienes la
ociosidad conduce al libertinaje. Arrastran una vida miserable. ¿Qué es una
mujer al lado de un papiro alejandrino? Comparad, si gustáis, esta grandiosa
biblioteca con la taberna de El Joven Baco, y la conservación de este
precioso manuscrito con las caricias de las mozas que se cobijan bajo aquel
techo, y decidme, hijo mío, dónde se halla la verdadera satisfacción

ANATOLE  FRANCE   EL FIGON DE LA REINA PATOJA    pag.47

 

 

viernes, septiembre 25, 2009

LA MASCARA

                              mascara3

Según el parecer de tía Corina,la hipótesis más sujeta a fundamento es que,una vez muerto Dujols, Champagne se apoderó de sus escritos inéditos y,con textos de otros autores-incluido Schawller de Lubicz,con quien Champagne llevó a cabo experimentos alquímicos-montó el collage que hoy conocemos como El misterio de las catedrales.

FELIPE BENITEZ REYES   Mercado de Espejismos pag- 229

Fíjense, les dije, ya empezamos sólo con los apellidos, mala señal. Francisco Vighi. Hugo Mayo. Bartolomé Galíndez. Juan Ramón Jiménez. Ramón del Valle-Inclán. José Ortega y Gasset. ¡Pero qué hacía don José en esta lista! Alfonso Reyes. José Juan Tablada. Diego Rivera. David

Alfaro Siqueiros. Mario de Zayas. José D. Frías. Fermín Revueltas. Silvestre Revueltas. P. Echeverría. Atl. El inmenso Dr. Atl, supongo. J. Torres-García. Rafael P. Barradas. J. Salvat Papasseit. José María Yenoy. Jean Epstein. Jean Richard Bloch. Pierre Bruñe. ¿Lo conocen? Mane Blanchard. Corneau. Farrey. Aquí yo creo que Manuel ya hablaba de oídas. Fournier. Riou. Vaya, pondría las manos en el fuego. Mme. Ghy Lohem. Carajo, con perdón. Mane Laurencin. Aquí las cosas empiezan a mejorar. Dunozer de Segonzac. Empeoran. ¿Pero qué francés jijo de la chingada le anduvo tomando el pelo a Manuel? ¿O lo sacaría de alguna revista? Honneger. Georges Auric. Ozenfant. Alberto Gleizes. Pierre Reverdy. Por fin, salimos del pantano. Juan Gris. Nicolás Beauduin. William Speth.

Jean Paulhan. Guillaume Apollinaire. Cypien. Max Jacob. Jorge Braque. Survage. Coris. Tristán Tzara. Francisco Picabia. Jorge Ribemont-Dessaigne. Renée Dunan. Archipenko. Soupault. Bretón. Paul Élouard. Marcel Duchamp. Y aquí yo y los muchachos estuvimos de acuerdo en que era por lo menos arbitrario llamar Francisco a Francis Picabia y Jorge Braque a Georges Braque y no Marcelo a Marcel del Campo o Pablo a Paul Éluard, sin la o, como bien sabíamos todos los amantes de la poesía francesa. Para no hablar de ese Bretón acentuado. Y el Directorio de Vanguardia seguía con los héroes y las erratas: Frankel. Semen. Erik Satie. Elie Faure. Pablo Picasso. Walter Bonrad Arensberg. Celine Arnauld. Walter Pach. Bruce. ¡El colmo! Morgan Russel. Marc Chagall. Herr Baader. Max Ernst. Christian Schaad. Lipchitz. Ortiz de Zarate. Correia d'Araujo. Jacobsen. Schkold. Adam Fischer. Mme. Fischer. Peer Kroogh. Alf Rolfsen. Jeauneiet. Piet Mondrian. Torstenson. Mme. Alika. Ostrom. Geline. Salto. Weber. Wuster. Kokodika. Kandinsky. Steremberg (Com. de B. A. de Moscou). El paréntesis es de Manuel, por supuesto. Como si todos los poblanos, dijo uno de los muchachos, supieran perfectamente quiénes eran los demás, Herr Baader, por ejemplo, o Coris, o ese Kokodika que sonaba a Kokoschka, o Riou, o Adam y Mme. Fischer. ¿Y por qué escribir Moscou y no Moscú?,

ROBERTO BOLAÑO    DETECTIVES SALVAJES   pag.229

Hoy tomo el sol, como dicen en Provenza; lo tomo en la terraza del Luxemburgo al pie de la estatua de Margarita de Navarra. Es un sol de primavera ardoroso como un vino nuevo. Estoy sentado y reflexiono: escapan los pensamientos de mi cerebro como la espuma de una botella de cerveza. Son ligeros, y su chisporroteo me distrae. Sueño, lo cual estará sin duda permitido a un hombre que publicó treinta volúmenes de textos antiguos y colaboró durante veinte años en el Diario de los eruditos. Tengo la satisfacción de haber trabajado cuanto pude y de aplicar al estudio las medianas facultades con que la Naturaleza me dotó. Mis esfuerzos no han sido completamente infructuosos, y contribuí en una parte modesta al renacimiento de los trabajos históricos, que será la honra de este siglo inquieto. Seguramente me contarán entre los diez o doce eruditos que dieron a conocer a Francia sus antigüedades literarias. Mi edición de las obras poéticas de Gauthier de Coincy inauguró un método razonable; hizo época. En el severo reposo de la vejez me concedo ese premio merecido, y Dios que ve mi alma sabe si el orgullo o la vanidad tienen la menor parte en la justicia que me hago yo mismo

ANATOLE FRANCE EL CRIMEN DE UN ACADEMICO 89pags*3=267-229=38

Bantam Lyons levantó los ojos
bruscamente y miró débilmente de soslayo.
—¿Qué? —dijo su voz chillona.
—Digo que puedes guardarlo —contestó
el señor Bloom—. Iba a tirarlo en este momento.
Bantam Lyons dudó un instante, mirando
de reojo: luego arrojó de vuelta las desordenadas
hojas en los brazos del señor Bloom.
—Lo arriesgaré —dijo—. Toma, gracias.
Se largó de prisa hacia la esquina de
Conway. Salió que se las pelaba.
Sonriendo, el señor Bloom dobló otra vez
las hojas prolijamente y alojó allí el jabón.
Tontos labios los de ese tipo. El juego. Una
epidemia últimamente. Mandaderos robando
para apostar seis peniques. Rifa para gran pavo
tierno. Su cena de Navidad por tres peniques.
Jack Fleming haciendo un desfalco para jugar
luego levanta vuelo para América

JAMES YOYCE    ULISES     pag.229

A Korolenko le había gustado su obra. Había sido arrestado un par de veces. Habían cerrado un periódico por su culpa. Ahora sus aspiraciones cívicas se habían visto cumplidas. Se sentía libre y cómodo entre los escritores jóvenes que empezaban. Su nueva vida le satisfacía al máximo. Seis volúmenes. Su nombre era conocido. Y sin embargo su fama era pálida, pálida...

Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una mandarina de una de las ramas más altas. Habían transcurrido veinte años o quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles

VLADIMIR NABOKOV  CUENTOS COMPLETOS   PAG.229

Pero, cuando en cierto momento entre la medianoche y el amanecer el enano y yo
encontramos en el interior de un baúl de hierro que había bajo unos montones de sedas y rasos

verdes el legendario Libro de los reyes del sha Tahmasp y lo sacamos de allí, Negro se había
acurrucado en una alfombra roja de Usak y se había dormido con su bien formada cabeza apoyada
en un almohadón de terciopelo bordado con perlas. En cambio para mí el día acababa de comenzar
según comprendí en cuanto vi de nuevo, después de años, el legendario libro.
El libro era tan grande y pesado que entre Cezmi agá y yo sólo podíamos levantarlo a duras
penas. Al tocar el volumen que hacía veinticinco años sólo había podido mirar de lejos, noté que
las tapas, por debajo de la piel, eran de madera. Veinticinco años atrás, cuando murió el sultán
Solimán el Magnífico, el sha Tahmasp se sintió tan alegre de haberse librado de aquel soberano
que había conquistado tres veces Tabriz, que envió al sultán Selim, su sucesor, camellos cargados
de regalos, un magnífico Sagrado Corán y este libro, el mejor de su tesoro. El libro, junto con la
embajada persa formada por trescientas personas, fue primero a Edirne, donde el nuevo sultán
pasaba el invierno cazando, y cuando llegó a Estambul con el resto de los regalos a lomos de
camellos y mulas, nosotros cuatro, el Gran Ilustrador Memi el Negro y tres jóvenes maestros,
fuimos a verlo antes de que lo encerraran en el Tesoro. Aquel día, en el que fuimos corriendo a
Palacio como cuando los habitantes de Estambul van a ver un elefante traído de la India o una
jirafa que ha llegado de África, supe por el Maestro Memi el Negro que el gran maestro Behzat se
había trasladado en su vejez de Herat a Tabriz pero que no había colaborado en aquel libro porque
se había quedado ciego.
Para nosotros, ilustradores otomanos que por entonces nos quedábamos admirados con libros
mediocres que contenían siete u ocho pinturas, ver aquel libro con doscientas cincuenta enormes
ilustraciones era como pasear por un palacio magnífico mientras todos duermen. Contemplamos
sin hablar y con una sensación de silenciosa reverencia las increíblemente ricas páginas del libro
como si contempláramos el Jardín del Edén que, como resultado de un milagro, se hubiera
aparecido ante nosotros por un breve instante.
Y los siguientes veinticinco años los pasamos hablando de aquel libro encerrado en el Tesoro

ORHAN  PAMUK    ME LLAMO ROJO   pag.229

 

domingo, septiembre 13, 2009

EL ESPEJO

 

 

 

dali cuadro en el espejo No se entristezca, padre, la prudencia es una virtud; como tal, se aprende ejerciéndola en situaciones como ésta. La Iglesia ha tardado milenios en alcanzarla, nosotros no vamos a lograrlo en cinco minutos...

—Sí, eminencia —repitió.

—Verá, lo que ha de tener siempre presente es que usted y yo, todos los que de una u otra manera formamos el gobierno de la Iglesia nos debemos a Cristo y al bien de su obra... Ni en éste, ni en ningún otro asunto, estoy dispuesto a echar carnaza a la prensa para que achaque a la Iglesia lo que no son más que posturas aisladas e inexplicables en un seglar o en un miembro de la jerarquía, que para el caso, son lo mismo simples individuos.

—Eminencia, ¿acaso sospecha que este dedo tiene algo que ver con la Iglesia?

—No sospecho nada, querido Andueza, nada de nada. Sólo afirmo que deberíamos tomarnos algo más de tiempo para recabar toda la información que nos sea posible. Antes de avisar a la policía, hemos de comprobar los hechos. Serrar un miembro entraña un modo extremo, rabioso, de violencia. Que nos lo hayan enviado a nosotros, un arzobispado de provincias, no deja de ser... chocante. Puede que todo este galimatías tenga un origen interno, o puede que no. Lo comprobaremos

REYES CALDERON CUADRADO   LOS CRIMENES DEL NUMERO PRIMO   pag.49

Colón era un genio. Buscaba el paraíso y descubrió el Nuevo Mundo. Todavía no es demasiado tarde para que se convierta en el paraíso.

-Efectivamente.

-Reconozco que las cosas no han salido demasiado bien hasta ahora. Pero aún hay esperanza. Los americanos nunca han perdido su deseo de descubrir nuevos mundos. ¿Recuerda usted lo que sucedió en 1969?

-Recuerdo muchas cosas. ¿A qué se refiere?

-Los hombres caminaron por la luna. Piense en eso, mi querido señor. ¡Los hombres caminaron por la luna!

-Sí, lo recuerdo. Según el presidente, fue el aconteci­miento más importante desde la creación.

-Tenía razón. Es la única cosa inteligente que dijo ese hombre. ¿Y qué aspecto supone usted que tiene la luna?

-No tengo ni idea.

-Vamos, vamos, piense.

-Oh, sí. Ya veo lo que quiere decir.

-Concedido. La semejanza no es perfecta. Pero es verdad que en ciertas fases, especialmente en una noche clara, la luna se parece mucho a un huevo.

-Sí. Mucho.

PAUL AUSTER  LA TRILOGIA DE NUEVA YORK    pag.49

-¿Por qué agradecérnoslo a nosotras? Da las gracias al de Allá

Arriba, -y le llevó un cuenco de agua para que se lavara los dedos, y un casquete para que recitara la bendición. Herman musitó el primer versículo y se retiró a su cuarto. Masha llenó de agua el

fregadero. Aún era de día en la calle, y Herman creyó oír trinos de pájaros en el árbol del patio; pero no de los gorriones que solían gorjear entre las ramas. Herman pensó que tal vez fueran los espíritus de pájaros de otras épocas, de antes de Colón o de una Era prehistórica, que hubieran despertado para cantar en aquel atardecer. Algunas noches, Herman había encontrado en su habitación unas cucarachas tan

grandes y raras que no creía que pudieran ser producto de aquel clima ni de aquel tiempo.

ISAAC BASHEVIS SINGER  - ENEMIGOS        pag.49

De repente dio otro grito. Por entre la lluvia estropajosa de sus cabellos y las rendijas de sus dedos había visto saltar el sol desde el tejado, caerle encima y arrancarle la sombra que ahora contemplaba en el patio. Mordida por la cólera se puso en pie y la tomó contra su sombra y su imagen golpeando el agua y el piso, el agua con las manos, el piso con los pies. Su idea era borrarlas. La sombra se retorcía como animal azotado, mas a pesar del furioso taconeo, siempre estaba allí. Su imagen despedazábase en la congoja del líquido golpeado, pero en cesando la agitación del agua reaparecía de nuevo. Aulló con berrinche de fiera rabiosa, al sentirse incapaz de destruir aquel polvito de carbón regado sobre las piedras, que huía bajo sus pisotones como si de veras sintiera los golpes, y aquel otro polvito luminoso espolvoreado en el agua y con no sé qué de pez de su imagen que abollaba a palmotadas y puñetazos.

Ya los pies le sangraban, ya botaba las manos de cansancio y su sombra y su imagen seguían indestructibles.

Convulsa e iracunda, con la desesperación del que arremete por última vez, se lanzó de cabeza contra la pila...

MIGUEL ANGEL ASTURIAS   EL SEÑOR PRESIDENTE   pag.49

 

Otra vez volvió a tener la sensación de que estaba percibiendo las cosas de un modo onírico,
fogonazos de escenas descabaladas. Imaginó a Zanuni escudriñando detrás del ventanal de la biblioteca,

un hombre ya viejo y deprimido, con las facultades algo deterioradas, que tal vez no llegase a reconocer los
rostros y los cuerpos que brillaban en la penumbra, y se viese asaltado por la certeza de haber regresado
por efecto de algún prodigio a una noche pasada de hacía más de veinte años.
Igual que entonces, el anciano pudo ver la silueta de una mujer muy joven casi desnuda, apenas
cubierta con un finísimo chal de gasa azul, y acaso vio también a un hombre alto que hundía las manos en
su larga cabellera como en un río. Dos cuerpos que irradiaban un rescoldo luminoso, la fosforescencia del
amor en la piel. Tal vez oyó los jadeos de placer, tan semejantes a otros gemidos lejanos que más bien
parecían su repetición o sueco, sonidos oscuros cuyo fiero gozo le estallaba enla cabeza y casi llegaba a
percibir en el aire el mismo olor fuertemente sexuado que emanaba de los cuerpos. Una cosa que recuerda
a otra, como el reflejo de un rostro delante de un espejo. «Igual que el que toma el espectro y persigue el
sueño es aquel que vive entre sombras.»
Pero también podría ser que el viejo hubiese reconocido los rostros y los nombres de los amantes, y
entonces las cosas habrían sucedido de otro modo

SUSANA FORTES    EL AMANTE ALBANES   pag.49

Sujetándole todavía la mano,Myu la miraba fijamente.Sumire pudo ver,nítida,su imagen reflejada en las negrísimas pupilas de Myu.Como si fuera su propia alma,absorbida hacia el otro lado del espejo.Por esa imagen.Sumire sintió amor y al  mismo tiempo pánico.Cuando Myu sonreía,se le formaban unas arrugas encantadoras en el contorno de los ojos.

HARUKI MURAKAMI     SPUTNIC,MI AMOR     pag.49

Esto es lo que veo ahora mismo en tus ojos: una noche lluviosa, una calle angosta, unas farolas que se pierden en la distancia. El agua se desliza vertiginosa por las laderas de los tejados empinados hasta los desagües. Debajo de la boca de serpiente de cada uno de los desagües hay un cubo con un aro verde. Las hileras de cubos bordean las paredes negras a ambos lados de la calle. Yo los observo mientras se van llenando de mercurio frío. El mercurio pluvial va creciendo hasta desbordarse. Las bombillas desnudas brillan en la distancia, sus rayos erizados en la lluviosa oscuridad.

Salimos al balcón. Es primavera. Abajo, en medio de la calle, un chico de rizos amarillos trabaja a toda prisa, dibujando a un dios. El dios se extiende de una a otra acera. El chico agarra un trozo de tiza en la mano, un trocito de carboncillo blanco, y en cuclillas, sin dejar de dar vueltas, dibuja con amplios trazos en el suelo. Este dios blanco tiene grandes botones también blancos y los pies abiertos. Crucificado en el asfalto, mira hacia el cielo con ojos abiertos. Su boca es tan sólo y también un simple arco blanco. Un puro, del tamaño de un leño, ha aparecido en su boca. Con trazos helicoidales el chico dibuja unas espirales que quieren representar el humo. Contempla su obra, brazos en jarras

VLADIMIR NABOKOV    CUENTOS COMPLETOS  pag.49

viernes, septiembre 04, 2009

VIVIR , CRECER ARQUITECTURA

 

 

 

 

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GRAFFITIS DE LUZ

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El tema de “pintar” usando luz no es algo nuevo, quién no conoce las famosas imágenes de Pablo Picasso usando dicha técnica. Además de él muchos otros son los que han jugado con la luz, por ejemplo Jan Wöllert y Jörg Miedza quienes explotan las mentadas técnicas hasta sus límites consiguiendo increíbles instantáneas (y sin una gota de photoshop).

Estos dos fotógrafos alemanes usan una Canon EOS 5D Mark II para crear impresionantes imágenes generadas a base de combinar la luz que desprenden diversos aparatos y largos tiempos de exposición. Podemos ver todos sus trabajos en Light Art Performance Photography, un deleite visual de luces, formas y colores. Algunos ejemplos tras el salto.

jueves, septiembre 03, 2009

70 AÑOS DEL COMIENZO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

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¿Qué quieres beber? —le pregunta mirando al interior del mueble —. Hay vino blanco y tinto. Mosela, me parece —explica.

—Pues bebamos Mosela —acepta Andreas.

La joven saca la botella, acerca una mesita a los sillones, da un sacacorchos al visitante y pone dos vasos, mientras Andreas destapa el vino. Luego lo sirve y mira a la joven; brindan y él sonríe al ver su expresión de enfado.

—A la salud del año en que nacimos — dice Andreas—. El mil novecientos veinte.

Olina sonríe.

—De acuerdo —dice—. Pero no pienso con­tarte nada más.

—Entonces hablaré yo.

—No — protesta Olina -—-. Los soldados no sa­béis contar más que cosas del frente. No oigo nada más desde hace dos años. Siempre la dichosa gue­rra. En cuanto habéis terminado, ya estáis hablan­do de la guerra. Es muy aburrido.

— ¿Qué te gustaría hacer?

—Pervertirte. Porque eres inocente, ¿verdad?

—En efecto — dice Andreas, sorprendiéndose al ver la rapidez con que ella se ha puesto en pie.

—Me lo figuraba. ¡Me lo figuraba! — exclama Olina.

Tiene la cara sonrojada y la expresión nerviosa; sus pupilas flamean. «Es extraordinario —piensa Andreas—. De cuantas mujeres he conocido en mi vida ésta es la que menos he deseado. No obstante, es bonita y podría tenerla en mis brazos ahora mismo.

 

Heinrich Boll  El tren llegó puntual   pag.70

¿Sabe usted que este viejo buque tiene asma? —dice recuperando su sonrisa afable—. Y bien, ¿qué me dice de la partida?

—De acuerdo. Le daré otra oportunidad.

Desde hace varios días, el Kim espera hacerse con el libro de tapas amarillas que Lévy quiere recuperar. Y ni las evasivas palabras ni el extraño comportamiento del capitán Su Tzu, ni esta nube supuestamente preñada con la fetidez de la traición, conseguirán debilitar su voluntad firmemente anclada en el futuro, ni por supuesto alterar lo más mínimo el rumbo del Nantucket.

Pero antes de ese día, cuando el carguero está bordeando las costas de Taiwán, al Kim se le presenta inesperadamente la ocasión de hacerse con el libro de Lévy. La noche es húmeda y calurosa y amenaza tormenta. Su Tzu y su invitado han terminado una partida de ajedrez y abandonan la cabina para fumarse un cigarrillo acodados a la borda, viendo cómo se aproxima la lluvia y los relámpagos por el noroeste; entonces aparece el segundo oficial y requiere al capitán en la sala de máquinas para un asunto urgente: dos marineros malayos se han enzarzado en una pelea a cuchillo de consecuencias graves. Su Tzu se disculpa y se va, justo en el momento que empieza a caer una tromba de agua y el Kim se refugia de nuevo en la cabina del capitán. La ocasión no puede ser

más propicia. Repasa con la vista los lomos de los libros en la estantería. No enciende la luz y recibe solamente la suave claridad de un farol exterior que entra por el ojo de buey. Ve en el estante dos libros de tapas amarillas, y el primero que abre —casi sin querer, ayudado por un brusco balanceo del barco—no es el que busca, no es un libro chino, sino griego y de versos. Y de nuevo la señal que no quiere admitir, la de un cambio de rumbo, un nuevo giro que le propone el destino, salta de las páginas abiertas al azar ante sus ojos, reteniendo su atención. Durante medio minuto, el sordo fragor de máquinas en la entraña del Nantucket repercute en sus nervios y le hace pensar en el capitán Su Tzu, en su extraña gentileza y en sus elocuentes silencios, y, sin saber por qué, en esa pulsión subterránea y monótona del quebrantado carguero presiente la huida ya consumada del tiempo, el eco último de la precaria esperanza que lo ha traído hasta aquí, en medio del viento y las olas enfurecidas, para poner en sus manos un libro abierto en la página 77, más por efecto de un fortuito golpe de mar que por decisión propia.

Y si en este momento hubiéramos estado allí, muchachos, si hubiéramos podido deslizamos furtivamente en la cabina del capitán y permanecer al lado del Kim compartiendo con él las sombras y los relámpagos bajo el fragor de la tormenta, sin duda la curiosidad nos habría empujado a echar una ojeada por encima de su hombro y, durante apenas medio minuto, un instante tan breve que sin embargo ya es eterno en el corazón del tiempo y de los hombres, habríamos descifrado juntos lo que esta noche el azar puso en sus manos:

Dices: «Iré a otras tierras, a otros mares.

Buscaré una ciudad mejor que ésta

en la que mis afanes no se cumplieron nunca,

frío sepulcro de mi sentimiento.

¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?

Mire hacia donde mire, sólo veo

la negra ruina de mi vida,

tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»

No existen para ti otras tierras, otros mares.

Esta ciudad irá donde tú vayas.

Recorrerás las mismas calles siempre. En el mismo

arrabal te harás viejo. Irás encaneciendo

en idéntica casa.

Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra,

ni barcos ni caminos que te libren de ella.

Porque no sólo aquí perdiste tú la vida:

en todo el mundo la desbarataste.

JUAN MARSÉ   EL EMBRUJO DE SHANGHAI  pag.70

Unos setenta años después de la insurrección de Karageorges, se reanudó la guerra en Servia y en seguida las regiones fronterizas respondieron con un alzamiento. Las casas turcas y servias ardieron de nuevo en las alturas, en Jlieb, Gostilia, Tartchitchi y Veletovo. Por primera vez después de tantos años, se volvieron a ver en la kapia, al alba, las cabezas de los servios decapitados. Eran cabezas descarnadas de campesinos, con el pelo corto y la nuca lisa, con el rostro huesudo, provisto de largos bigotes; parecían las mismas cabezas de hacía setenta años.

Aquello no duró mucho tiempo. Una vez terminada la guerra entre turcos y servios, todo el mundo se calmó. Verdaderamente, no pasaba de ser una apariencia de paz, bajo la cual se ocultaba no poco miedo y una serie de voces excitadas y de murmullos inquietos. Se hablaba cada vez con más precisión y claridad de la entrada del ejército austríaco en Bosnia. A principios del verano de 1878, algunas unidades del ejército regular turco, que se dirigían de Sarajevo hacia Triboi, pasaron por la ciudad. Se tuvo la certeza de que el sultán entregaba Bosnia sin resistencia. Ciertas familias se prepararon para emigrar a Sandjak. Entre ellas, había algunas que habían llegado trece años antes de Ujitsa, por no querer someterse a la autoridad de los servios, y que ahora se preparaban para huir otra vez de una nueva dominación cristiana. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se quedaron en espera de los acontecimientos; eran víctimas de una dolorosa perplejidad, aunque afectasen indiferencia.

A primeros de julio, el muftí1de Plevlia llegó con un reducido grupo de hombres y con la firme resolución de organizar en Bosnia la resistencia frente a los austríacos.

Aquel hombre grave, rubio, de apariencia apacible, pero de naturaleza ardiente, acudió a la kapia, en donde un hermoso día de verano, reunió a los más destacados personajes turcos de la ciudad, tratando de animarlos al combate contra el enemigo. Aseguró que la mayor parte del ejército regular, aun a despecho de las instrucciones oficiales, se quedaría para oponerse, junto al pueblo, al invasor, y él lanzaba una llamada para que todos los muchachos se le uniesen y para que fuesen enviados víveres a Sarajevo. El muftí sabía que los habitantes de Vichegrado no habían tenido nunca reputación de guerreros entusiastas y que preferían una vida loca a una muerte loca, pero, a pesar de todo, se sintió sorprendido por la tibieza y la reticencia que encontró. No pudiendo quedarse más tiempo, los amenazó con el juicio del pueblo y con la cólera celeste y dejó a su segundo, Osmán Karamanlia efendi, para que tratase de convencer a los turcos de Vichegrado de la necesidad que tenían de participar en el alzamiento general.

1 . Dignatario eclesiástico musulmán. ( N. del T.)

IVO ANDRIC  UN PUENTE SOBRE EL DRINA  pag.70

Después de lo que les ocurrió a los niños, dejé de creer. ¿Dónde estaba yo en el Yom Kippur de 1940? En Rusia, en Minsk, cosiendo sacos en una fábrica para ganarme mi ración de pan. Vivía en los suburbios, entre gentiles. Cuando

llegó el Yom Kippur, decidí comer. ¿De qué servía ayunar allí? Además, no era prudente demostrar a los vecinos que una era religiosa. Pero cuando llegó la noche y me puse a pensar que en algún lugar habría judíos que recitaban el <Kol Nidre>, la comida no me pasaba.

--Me dijiste que se te aparecían David y Yocheved.

Herman se arrepintió inmediatamente de sus palabras. Tamara no se movió, pero la cama crujió como espantada por aquellas palabras. Tamara esperó que se apagara el ruido y respondió:

--Como no me creerías, será mejor que no te lo diga.

--Te creo. Los que dudan de todo son capaces de creerlo todo.

--No podría decírtelo, aunque quisiera. Sólo hay una explicación: que estoy loca. Pero hasta la locura ha de tener un origen.

--¿Cómo se te aparecen? ¿Mientras duermes?

--No lo sé. Ya te dije que no duermo, sino que caigo en un abismo. Voy cayendo, sin llegar al fondo y, por fin, quedo suspendida en el aire. Eso es sólo un ejemplo. Siento cosas que luego no recuerdo ni puedo explicar. Durante el día estoy bien, pero la noche es terrible. Tal vez debería ir a un psiquiatra; pero, ¿cómo podría ayudarme? Lo único que podría hacer por mí es dar a todas esas cosas un nombre latino. Cuando voy al médico, es sólo para pedirle la receta del somnífero. Pero los niños vienen, sí, y a veces se quedan hasta la mañana.

ISAAC BASHEVIS SINGER – ENEMIGOS-pag.70

El general dio orden de llamar a una monja para que los guiara al piso inferior del palacio y
tuvo que aguantar que Kate y Wandgi lo acompañaran, porque la escritora se le prendió del brazo
como una sabandija y no lo soltó. Definitivamente, esa mujer era de una descortesía jamás vista,
pensó el militar.
Siguieron a la monja dos pisos bajo tierra, pasando por un centenar de habitaciones
comunicadas entre sí, y por fin llegaron a la sala donde se encontraba la grandiosa última Puerta. No
se dieron tiempo de admirarla, porque vieron con horror a dos guardias, con el uniforme de la casa
real, tirados boca abajo en el suelo en sendos charcos de sangre. Uno estaba muerto, pero el otro
aún vivía y pudo advertirles con sus últimas fuerzas que unos hombres azules, dirigidos por un blanco,
habían penetrado en el Recinto Sagrado y no sólo habían sobrevivido y vuelto a salir, sino que
además habían raptado al rey y habían robado el Dragón de Oro.
Myar Kunglung había pasado cuarenta años en las fuerzas armadas, pero jamás había
enfrentado una situación tan grave como aquélla. Sus soldados se entretenían jugando a la guerra y
desfilando, pero hasta ese momento la violencia era desconocida en su país. No se había visto en la
necesidad de usar sus armas y ninguno de sus soldados conocía el verdadero peligro. La idea de que
el soberano había sido secuestrado en su propio palacio le resultaba inconcebible. El sentimiento más
fuerte del general en ese momento, más que el espanto o la ira, fue la vergüenza: había fallado en su
deber, no había sido capaz de proteger a su amado rey.

ISABEL ALLENDE  EL DRAGON DE ORO   pag.70

—¡Válgame Dios! —dijo Sancho—; ¿no le dije yo a vuestra merced que
mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía
ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la
guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo
pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los
libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento:
tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder
poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado
estaba; y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del
puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse
muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero, sino que iba muy
pesaroso por haberle faltado la lanza,

MIGUEL DE CERVANTES   EL QUIJOTE   pag.70

Rondaba la medianoche cuando recibió una llamada de J. Kinnear.
Se imaginó a Kinnear mirando por la ventana mientras le hablaba,
mirando el patio oscurecido.
—¿Dónde estarás el martes a las once y media de la noche?
—Esto empieza a ir deprisa.
—Si yo fuera un oficial del servicio de inteligencia que tuviera que
someterte a un período de prueba previo al reclutamiento, sentiría la
inclinación de hacer las cosas muy despacio. Me sentiría inclinado, creo, a
dejar que descubrieses tú mismo los límites de tu implicación, pero a un
ritmo mucho más razonable.
—Hasta dónde estoy dispuesto a ir.
—Exacto.
—MÍ potencial clandestino

DON DELILLO    JUGADORES     pag.70

De la fase de la inmovilidad pasaron a la de la agitación, cuando les concedieron «la gracia excepcional ~>, según
palabras de María Anselma, de despedirse en la capilla de algunas de sus amigas, que llegaron no mucho después,
y con ellas el temblor concentrado de todas las galerías.
Las que venían para dar el último adiós a las penadas intentaban aparentar una fortaleza de la que carecían. Pilar,
que parecía poseída por una angustiosa gravedad, aconsejó a las que se estaban despidiendo de ella que se
uniesen todas hasta donde les fuese posible, porque resistirían mejor lo que les pudiese caer encima.
Próximo, estaba próximo el acantilado sobre el que batían las olas altas y plomizas. El acantilado sin ángeles ni
guías. El de las olas gigantes, pensó Elena, el de las olas inmensas que bramaban en costas remotas, el de las olas
huracanadas que creaban a su paso torbellinos en los que se hundían miles de almas y cuerpos que no querían, que
no podían quedarse con su dolor a solas. Pensó que aquella capilla iba a ser el cofre de las alucinaciones y empezó
a temblar. Sí, ahora los veía, miles de cuerpos en el acantilado, arrastrados por las olas. Había mucha gente en el
abismo. Parecía la continuación de la cárcel y el comienzo de una nueva pesadilla.
-¿Qué estás viendo? -preguntó Joaquina.
Elena dijo:
-Veo que estamos a la orilla misma de la noche, y no hay asilo. Este techo no cobija, estás paredes no protegen.
-¿Crees que no lo sé?
-No estamos viviendo el final del infierno, estamos viviendo el comienzo. No hemos llegado al fondo del infierno,
sólo hemos pisado sus umbrales -aseguró Elena, que una vez más parecía en trance.
-¿Lo veis? -gritó Joaquina-. Una mujer lúcida

JESUS   FERRERO    LAS 13 ROSAS    pag70

En la tertulia se comenta el periódico del día:
-La última idea del loco de Ernesto -dice Wdruejo- es organizar quemas de libros en
la ciudad, a la manera de Hitler.
-Yo sigo leyendo el ABC Ahora el de Sevilla, porque el de Madrid me parece que
viene un poco republicano, aunque también lo recibo por valija diplomática -sonríe
Foxá.
-Y esto otro de que a Franco se le aparece santa Teresa -musita Laín-. El Caudillo no
nos recibe a nosotros cuando tenemos algo serio que decirle, y le permite a ese
desequilibrado inventar un disparate tras otro.
Agustín de Foxá, conde de Foxá, sirve coñac a todos, acerca su silla al velador y los
otros hacen lo mismo. La tertulia se cierra sobre sí misma, como una flor, para la
confidencia:
-Lo de Mola va creciendo, aquí en la ciudad, en toda la zona nacional y en la
republicana, donde las radios machacan todo el día. Franco tiene que hacer
operaciones de distracción para borrar eso.
-Lo de los libros me parece más idea de Ernesto que de Franco -se asegunda
Ridruejo.

FRANCISCO UMBRAL    LEYENDA DEL CESAR VISIONARIO     pag.70

 

 

domingo, agosto 30, 2009

EL SOMBRERO

Papá, me lleva al cine...?

—¿Y qué va ir a ver al cine? —interrogó el teniente.

—¿Cómo qué? Lo que den. Las vistas.

La luz baja y poco clara de las lámparas borraba a los pasajeros. Se miraban los bultos. Los bultos sobre los asientos. Esa sensación de no llegar nunca. De consultar la hora a cada momento.

—¿Papá, me lleva al cine...?

—Para qué quieres que te lleve al cine si aquí, vien­do pasar las calles iluminadas, las gentes, los autos, es como si estuvieras en el cine...

Y la visión era exacta, la visión cinematográfica de la ciudad por donde pasaba el tren rápidamente.

El Norte barría la ciudad, golfo de las más negras in­tenciones heladas, la ciudad desierta

expuesta al viento y al silencio, amurallada en sus casas bajas y en su sueño hondo. El cielo lila. Esas noches lilas que hacía más in­finita la orfandad de las estrellas. Y hacia poniente los volcanes de tierra ausente de lo que pasa entre los hombres, volcados a la suma grandeza de las nubes.

MIGUEL ANGEL ASTURIAS  EL PAPA VERDE-PAG 148

—¿Cómo le va? —dijo Martín
Cunningham saludando con una venia.
—No nos ve —agregó el señor Power—.
Sí, nos ve. ¿Cómo le va? ¿Quién? —preguntó el
señor Dedalus.
—Blazes Boylan —dijo el señor Power—.
Allí está dando aire a su rasgacorazones.
Precisamente ahora lo estaba pensando.
El señor Dedalus se estiró para saludar.
Desde la puerta del Red Bank el disco blanco de
un sombrero de paja relampagueó en respuesta:
pasó.

JAMES JOYCE  ULISES-PAG 148

10 de agosto
LOS SONIDOS SE MEZCLAN. El agudo silbido de los obuses que se quedan cortos o
van un poco más lejos, el siseo de los que caen al lado de cada uno de los hombres, el
reventón de la carga explosiva, y el vuelo de las esquirlas de piedra y de metralla que
acaban impactando alrededor o caen mansamente sobre la espalda o el casco de los
combatientes después de haber rebotado varias veces contra el suelo o contra otras
piedras. Los combatientes cantan, se desgañitan gritando obscenidades y herejías sin
sentido, llaman a su madre o entonan un himno heroico al que añaden juramentos contra
la patria y la guerra. Y el tiempo pasa sin medida, porque sólo el que ha organizado el
ataque sabe cuánto tiempo va a estar disparando la artillería.
Los defensores de la sierra no gozan de fortificaciones. No hay parapetos, no hay
zanjas ni alambradas, porque no es posible fijarlas; sólo algunos nidos de ametralladoras
construidos por el batallón de Fortificaciones unos día antes. Llevan casco, que les
defiende la cabeza de estos impactos, y se tapan la espalda con las mantas dobladas para
que adquieran un mayor grosor, mientras están tumbados soportando la caída de las
bombas. Las piedras desmenuzadas por las explosiones llegan a enterrarles alguna vez.
Y el ruido, el intenso ruido de las granadas que escupen más de cien cañones les aturde.
Casi todos ellos llevan el palo entre los dientes, y cantan para soportar lo insoportable,
se dicen cosas cada uno a sí mismo, porque es imposible oír al compañero que se
refugia al lado como puede, con la cabeza metida entre dos piedras, con las manos sobre
la cabeza, apretando el casco para que no se desplace y deje al aire el occipucio. Tres
horas durante las que el polvo se mete hasta el fondo de la garganta y no se puede beber
agua para calmar la sequera, porque quién es el guapo que levanta la cabeza para echar
un trago de la cantimplora.

MARTINEZ REVERTE -LA BATALLA DEL EBRO-pag148

Recuerdo, sin embargo, que un día como el de hoy, brillante y gélido, subí al mediodía
hasta el Cerro del Sol. Tenía a mis espaldas sierra Mágina, severa y blanca. De la Vega
ascendían docenas de columnas de humo, plateadas y doradas por los rayos del sol. A mi
derecha, lóbregas sin él, sobre las rastrojeras, hacia las sierras de Elvira y Parapanda, otras
columnas de humo opaco.
Veía —y aún me parece verla hoyen primer término la abigarrada colina del Albayzín,
nevada y portentosa. Y, de pronto, cambió el sol de postura su embozo de nubes, e iluminó
el otro sector del paisaje. Se encendieron los humos sombríos y se apagaron los otros,
turnándose en una dómeda de luz y de hermosura. Ah, verdaderamente Granada no tiene
ciudad que se asemeje a ella. La echo hoy de menos de manera tan profunda —no como
sultán, sino como un simple morador— que el corazón se me desgarra.

ANTONIO   GALA   EL MANUSCRITO CARMESI-pag.148

¡Qué cretino! (Hans).

Anna ya no dice nada; se ha quedado pensativa lamiendo los rastros de sudor y sangre que la víctima ha dejado en su mano derecha, la mano del delito. Al darse cuenta de ello, Rainer le dirige una mirada aprobatoria que asquea ligeramente a Sophie e impulsa a Hans a darle un golpe en los dedos. Cochina.

La rabia de Anna, que sin duda arranca del conflicto generacional, es tan grande que sería incluso capaz de romper los escaparates iluminados del esplendoroso centro comercial de Viena. En realidad querría tener todo lo que hay detrás de dichos escaparates, sólo que no le alcanza el dinero de su asignación semanal. Por eso tiene que ganárselo por otras vías. Siempre que alguna de sus compañeras de instituto estrena un vestido nuevo o una blusa blanca o unos zapatos de tacón, se retuerce de envidia. Sin embargo, comenta: cada vez que veo a esas niñitas peripuestas me entran ganas de vomitar. Esas que sólo se preocupan de sus trapitos son superficiales y, además, no tienen nada en la cabeza. Ella, en cambio, sólo lleva vaqueros sucios y jerseys de hombre que le quedan demasiado grandes, para que su actitud interior se vea reflejada hacia el exterior. El psiquiatra, al que visita por un mutismo periódico (que le sobreviene y luego desaparece sin dejar rastro), siempre le pregunta: anda, dime ¿por qué nunca te pones ropa bonita ni te arreglas el pelo? Porque eres una muchacha atractiva y deberías asistir a una academia de baile. ¡Pero mira cómo te presentas! No es de extrañar que espantes a los chicos.

ELFRIEDE JELINEK - LA PIANISTA Y OTRAS HISTORIAS  pag.148

—Necesitamos flores para el altar de la casa.
—Si. Siempre a su servicio. Por favor, escoja las que más le gusten,
señorita.
Las llamaban flores, pero en realidad eran ramas del árbol sakaki que
tenían ya brotes tiernos. La muchacha las traía de Shirakawa cada
quince días. Chieko escogió unas cuantas ramas finas del delicado
arbusto y sintió que se alegraba su corazón. Con las ramas del sakaki
en la mano entró en la casa.
—Madre, ya he vuelto —gritó con su voz clara.
Chieko entreabrió la verja y recorrió la calle con la mirada. La florista
de Shirakawa seguía allí y Chieko le gritó:
—Entre a descansar. Voy a servir el té.
—Muchas gracias. Usted es siempre muy amable —dijo la muchacha,
inclinando la cabeza. Cogió sus flores y al entrar en el corredor las
levantó por encima de su cabeza—. Son flores del campo de poco
precio.

YASUNARI KAWABATA  KIOTO   PAGS.125      148-125=23

A la mañana siguiente volví a cruzarme con los fornidos conductores, con el abanico de agua pulverizada sobre el que se cernía momentáneo un arco iris, y me encontré de nuevo en la orilla soleada, donde Krause ya se había instalado tumbado

al sol. Sacó su rostro sudoroso de debajo de la sombrilla y empezó a hablar —del agua, del calor. Yo me tumbé, cerrando los ojos para defenderme del sol, y cuando los volví a abrir todo a mi alrededor era de color azul pálido. De repente, entre los pinos de la carretera soleada que bordeaba el lago, apareció una camioneta, seguida de un policía en bicicleta. Dentro de la camioneta, gritando con desesperación, se agitaba un perro pequeño que acababan de capturar. Krause se puso en pie y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ten cuidado! ¡Cazaperros!». Y al momento alguien se unió a su grito y en seguida otros le imitaron, como si todas las gargantas se hubieran puesto de acuerdo, en un arco de voz a lo largo del lago, dejando atrás al cazador de perros, de forma que los dueños de perros, avisados de antemano, corrieron a por sus perros, se apresuraron a ponerles un bozal y a atarles a la correa. Krause escuchaba con placer mientras los gritos se iban perdiendo en la distancia y finalmente afirmó con un guiño bienintencionado: «Le está bien empleado. Ese es el último perro que va a coger».

VLADIMIR NABOKOV    CUENTOS CPMPLETOS    pag.148

—Vamos a ver, llamadle «padre» a Negro.
¡Qué fría era la noche y qué silencioso estaba nuestro patio! A lo lejos los perros ladraban
inquietos y tristes. Pasó algo más de tiempo y el silencio y la oscuridad se extendieron sin que se
notara, como una flor que se abre.
—Muy bien, niños —dije mucho después—, vamos a entrar en casa, que aquí vamos a coger
todos frío.
No sólo Negro y yo, sino también Hayriye y los niños, sentíamos la timidez de los novios que
temen quedarse solos después de la boda y entramos recelosos en casa, como quienes entran en la
casa oscura de un extraño. Dentro continuaba el hedor del cadáver de mi padre, pero nadie pareció
darse cuenta. Mientras subíamos las escaleras en silencio, las sombras que proyectaban en el techo
los candiles que llevábamos en la mano se mezclaban girando como siempre, creciendo y
menguando, pero me dio la impresión de que era algo que ocurría por primera vez. Nos estábamos
quitando los zapatos arriba, en la antesala, cuando Sevket dijo:
—¿Puedo besarle la mano al abuelo antes de acostarme?

ORHAN PAMUK - ME LLAMO ROJO   pag.148