CALIGRAFIA DE LOS SUEÑOS-JUAN MARSE 123
Él siempre ha preferido creer
que ocurrió simplemente porque el dedo,
obedeciendo a un secreto impulso suicida de índole
melómano depresivo, no quiso retirarse a tiempo.
Seré el re y el sol en el teclado marfileño de la fama
o no seré nada en esta vida, le habría dicho el dedo
antes de inmolarse, una entelequia verbal enredada
en el pentagrama, pero que él percibe como algo
más real que el mismo taller con todo lo que
contiene, más real incluso que su casa y la
parroquia y el corro de chavales contadores de
aventis en el jardín de Las Ánimas o en las laderas
de la Montaña Pelada. Era el suicidio lejos del
teclado y las partituras, lejos del piano y del
cuaderno Cósumb, todo eso que maldiciendo su
suerte hubo de abandonar porque en casa no había
dinero para más clases. Mecido por este
resentimiento y por la ensoñación melódica, apenas
nota el tirón en el metacarpo del dedo índice y el
consiguiente estropicio de las tres falanges,
súbitamente tragadas y trituradas por los rodillos
junto con el oro.
La sangre no brota de inmediato, lo hace unos
segundos después de desaparecer el dedo, y nadie
en el taller lo oye gritar o lamentarse, entre otras
cosas porque, sorprendentemente, no le duele.
Desconecta la máquina y no quiere mirar la mano
todavía, no se atreve; la levanta a la altura de los
ojos pero no quiere verla, y cuando por fin se
decide, la contempla como si fuera una cosa ajena
a él, un apéndice carnal extraño a su cuerpo. Con la
mano alzada se vuelve despacio hacia el operario
más cercano, que se horroriza al ver brotar el chorro
de sangre. Él no ha sentido nada, apenas un
pellizco
JAMES JOYCE-ULISES-553
Tinas de cerveza oscura, maravilloso. Las
ratas entran también. Se emborrachan hasta
hincharse grandes como perro ovejero flotando.
Borrachas muertas de cerveza. Beben hasta que
se ponen a vomitar como cristianos. ¡Imagínese
beberse eso! Ratones, pipones. Bueno,
naturalmente, si supiéramos todas las cosas.
Mirando hacia abajo vio gaviotas
aleteando fuertemente, dando vueltas entre las
desvaídas paredes del muelle. Mal tiempo
afuera. ¿Si me tirara? El hijo de Reuben J. debe
de haber tragado una buena panzada de ese
jarabe de albañil. Un chelín
y ocho peniques de
más. ¡Hum! .Es el modo raro que tiene de hacer
las cosas. Sabe asimismo contar bien un cuento.
Giraron más bajo. Buscando comida.
Esperen.
Tiró en medio de ellas una pelota de
papel arrugado. Elías treinta y dos pies por seg
está lleg. Ni un poquito. La pelota se balanceó
despreciada sobre la marejada, flotó debajo del
puente más allá de los pilares. No son tan
tontas. También el día que tiré ese pastellilo
rancio del Rey de Eirin lo recogieron en la estela
cincuenta yardas a popa. Viven gracias a su
ingenio. Dieron vueltas, batiendo alas.
Y sintiendo del hambre el acicate
La famélica gaviota el vuelo abate.
Así. es como escriben los poetas, sonidos
similares
DONDE ESTA
BORGES-973
Se la tienen bien jurada
Más de un taura y más de un pillo;
En una esquina del Sur
Lo está esperando un cuchillo.
No un cuchillo sino tres,
Antes de clarear el día,
Se le vinieron encima
Y el hombre se defendía.
Un acero entró en el pecho
Ni se le movió la cara;
Alejo Albornoz murió
Como si no le importara.
Pienso que le gustaría
Saber que hoy anda su historia
En una milonga. El tiempo
Es olvido y es memoria
JOYCE 973
Y mirad, mientras ellos bebían su copa de
alegría, un mensajero como un dios entró
velozmente, radiante como el ojo del cielo, un
joven gentil y detrás de él pasó un anciano, de
noble porte y continente, llevando los
pergaminos sagrados de la ley, y con él su
señora esposa, una dama de incomparable
linaje, la más hermosa de su raza.
VLADIMIR NABOKOV-973
Hacia las ocho, en el preciso momento en que Graf, después de poner la mesa, se
asomó a la ventana, ocurrió lo siguiente: en la esquina de la calle, donde se había
reunido un pequeño grupo de hombres delante de la taberna, se oyeron una serie
de gritos airados, seguidos por una serie de tiros repentinos. Graf tuvo la impresión
de que una bala perdida silbaba delante de su rostro y que casi le rompía las gafas, y
con un grito aterrorizado se metió dentro. Se oyó el timbre del portal. Temblando,
Graf asomó la cabeza, y al mismo tiempo, Ivan Ivanovich Engel, vestido con su bata
amarillo canario, corrió hasta el vestíbulo. Era un mensajero con el telegrama que
llevaba todo el día esperando. Engel lo abrió con ansiedad —y su rostro se iluminó
de alegría.
«Was dort für Skandale?», preguntó Graf, dirigiéndose al mensajero, pero éste,
extrañado sin duda por el mal alemán de su interlocutor, no le entendió, y cuando
Graf, con mucha cautela, volvió a mirar por la ventana, la acera de delante de la
taberna había quedado desierta salvo por los porteros que contemplaban la calle,
sentados en sus sillas frente a sus correspondientes portales y una doncella con las
piernas al aire que paseaba un caniche rosa.
VLADIMIR-199
Pero dime, ¿tienes suficiente dinero? ¿No tendrás problemas con eso?
Estaba entretenida ajustándose una cinta de la manga y le contestó distraída y sin
mirarle.
—Sí... Claro que sí. Me dejó unos cuantos paquetes de acciones extranjeras, un
hospital y una cárcel antigua. ¡Una cárcel! Pero tengo que advertirte que sólo tengo
lo suficiente para vivir. Por lo que más quieras, deja ya de hacer ese ruido con la
pipa. Tengo que advertirte que... que no puedo... ya me entiendes, Nikolai... me
resultaría muy difícil mantenerte.
—¿Pero qué estás diciendo, madre? —exclamó Nikolai (en ese momento, como si
fuera un sol estúpido que surgiera desde detrás de una nube igualmente estúpida,
volvió la luz eléctrica)—. Bueno, ya podemos apagar las velas; era como estar en el
Mausoleo Mostga. Verás, tengo algo de dinero, y, en cualquier caso, me gusta ser
libre como un animal... Ven, siéntate, deja de moverte por todo el cuarto
JAMES JOYCE-ULISES 199
No llores más, adolorido pastor, no
llores más,
porque Lycidas, tu pena, no está
muerto
a pesar de estar hundido debajo del
piso de las aguas.
Debe de ser un movimiento entonces, una
actualización de lo posible como posible. La
frase de Aristóteles se formó a sí misma dentro
de la charla de los versos y flotó hasta el silencio
estudioso de la biblioteca de Santa Genoveva,
donde él había leído, al abrigo del pecado de
París, noche tras noche. Codo con codo, un frágil
siamés consultaba con atención un manual de
estrategia. Mentes alimentadas y alimentadoras
a mi alrededor, bajo las lámparas
incandescentes prisioneras, con antenas
latiendo apenas, y en la oscuridad de mi mente
un perezoso del otro mundo de mala gana,
resistiéndose a la claridad, levantando sus
pliegues escamados de dragón. El pensamiento
es el pensamiento del pensamiento. Claridad
tranquila. El alma es en cierta forma todo lo que
es: el alma es la forma de las formas. Repentina
tranquilidad, vasta, incandescente: forma de
formas
JAMES JOYCE-ULISES 522
¿Qué opina realmente de esa turba
hermética, los poetas del ópalo callado: A. E., el
místico maestro? Esa mujer Blavatsky lo
empezó. Era una linda valija vieja de
triquiñuelas. A. E. ha estado contando a cierto
periodista yanqui que fue usted a verlo en las
primeras horas de la mañana para consultarlo
acerca de los planes de la conciencia. Magennis
cree que debe de haberle estado tomando el pelo
a A. E. Ese Magennis es un hombre de la más
elevada moral.
Hablando de mí. ¿Qué dijo? ¿Qué dijo de
mí? No preguntes.
—No, gracias —dijo el profesor MacHugh
haciendo a un lado la cigarrera con un gesto—.
BORGES-522
Dios no quería que se
propalara en la tierra Su terrible secreto. Runeberg comprendió
que no era llegada la hora. Sintió que estaban convergiendo sobre
él antiguas maldiciones divinas; recordó a Elias y a Moisés, que
en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios; a Isaías,
que se aterró cuando sus ojos vieron a Aquel cuya gloria llena la
tierra; a Saúl, cuyos ojos quedaron ciegos en el camino dé Damasco;
al rabino Simeón ben Azaí, que vio el Paraíso y murió;
al famoso hechicero Juan de Viterbo, que enloqueció cuando
pudo ver a la Trinidad; a los Midrashim, que abominan de los
impíos que pronuncian el Shem Hamephormh, el Secreto Nombre
de Dios. ¿No era él, acaso, culpable de ese crimen oscuro? ¿No
sería ésa la blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada?
(Mateo 12:31). Valerio Sorano murió por haber divulgado el
oculto nombre de Roma; ¿qué infinito castigo sería el suyo, por
haber descubierto y divulgado el horrible nombre de Dios?
Ebrio de insomnio y de vertiginosa dialéctica, Nils Runeberg
erró por las calles de Malmó, rogando a voces que le fuera deparada
la gracia de compartir con el Redentor el Infierno.
Murió de la rotura de un aneurisma, el primero de marzo de
1912. Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto
del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del
infortunio.
1944
VLADIMIR NABOKOV-522
en Indochina, los números de la lotería los extrae un
mono. Yo soy ese mono. Otra metáfora: en un país de hombres honestos había una
yola atracada en la costa que no pertenecía a nadie; y como todo el mundo asumía
que era propiedad de alguien la tal yola adquirió para todos una forma de
invisibilidad. Yo conseguí meterme en ella. Pero quizá la formulación más sencilla
sería que yo dijera que en un momento de juego y no necesariamente de juego
matemático, no necesariamente, y le advierto que las matemáticas son un juego
constante de la pídola sobre sus propios hombros mientras sigue procreando, yo me
entretenía combinando diversas ideas y, en un momento dado, di con la
combinación necesaria y ésta explotó, como Berthold Schwartz. Y yo, de alguna
forma, sobreviví; quizá otro en mi lugar hubiera sobrevivido, también. Sin embargo,
tras el incidente con mi amable médico no tengo el menor deseo de que me
moleste la policía de nuevo.
—Veo que se va calentando usted, Falter. Pero volvamos al principio: ¿Qué es
exactamente lo que le lleva a estar convencido de estar ante la verdad? El mono ese
del que acaba de hablarme no forma parte realmente de los números de la lotería.
—Las verdades y las sombras de verdades —dijo Falter— en el sentido de especies,
no de especímenes, son tan poco frecuentes en el mundo, y las que están
disponibles son tan triviales o están tan contaminadas que, ¿cómo lo diría?, el
espanto y la consiguiente renuncia a percibir la Verdad, la reacción instantánea de
todo el ser sigue siendo un fenómeno desconocido y poco estudiado. Bueno, en
algunos niños, cuando un niño se despierta y vuelve en sí después de un ataque de
escarlatina y experimenta una descarga eléctrica de realidad, de relativa realidad
sin duda, porque vosotros, los humanos no poseéis otra. Fíjese en cualquier axioma,
es decir, cualquier cadáver de verdad relativa. Y ahora analice la sensación física
que evocan en usted las palabras «el negro es más oscuro que el marrón» o «el hielo
está frío». Su pensamiento es demasiado perezoso para pretender siquiera por
cortesía levantar el trasero de su asiento, como si fuera el mismo maestro el que
fuera a entrar en la clase por centésima vez en el transcurso de la misma clase en la
vieja Rusia. Pero, en mi infancia, un día en el que hubo una inmensa helada, chupé
el cerrojo reluciente de un postigo. Dejemos de lado el dolor físico, o el orgullo
ante el descubrimiento recién hecho, si se trata de una cosa agradable —todo eso
no es la reacción real ante la verdad
NABOKOV-382
su memoria conservaba las formas femeninas de una estatua que
mostraba su trasero granulado y blanco como el azúcar a través de los cuadros de
gasa del cristal de una ventana. Unos atlantes pardo-oliváceos con un torso en el
que se destacaban prominentes las costillas sostenían un balcón: el peso de sus
músculos de piedra y sus bocas retorcidas en expresión de dolor le parecieron a
nuestro colegial una alegoría del proletariado esclavizado. En una o dos ocasiones,
en aquel muelle, a comienzos de la ventosa primavera del Neva, atisbo a la pequeña
de los Godunovs con su fox-terrier y su institutriz; sus figuras parecían un auténtico
remolino en movimiento y, sin embargo, sus siluetas eran de todo punto nítidas:
Tanya llevaba botas anudadas hasta la rodilla y un abrigo corto azul marino con
gruesos botones de latón, y al caminar a paso rápido delante de él, los pliegues de
su falda marinera chasqueaban —¿contra qué? Creo que contra la correa de perro
que llevaba—, y el viento del Ladoga movía las cintas de su gorra de marinero, y un
poco detrás de ella corría su institutriz, con una chaqueta de astracán, la cintura
doblada, un brazo extendido, la mano metida en un manguito de pieles negras
apretadas.
JAMES JOYCE ULISES-382
El señor Dedalus se estiró para saludar.
Desde la puerta del Red Bank el disco blanco de
un sombrero de paja relampagueó en respuesta:
pasó.
El señor Bloom revisó las uñas de su
mano izquierda, luego las de su mano derecha.
Las uñas, sí. ¿Hay algo más en él que ella ve?
Fascinación. El peor hombre de Dublín. Eso lo
conserva en pie. Ellos sienten a veces lo que es
una persona. Instinto. Pero un tipo como ése.
Mis uñas. Precisamente las estoy mirando: bien
recortadas. Y después: pensando solo. El cuerpo
se está poniendo un poquito blando. Me daría
cuenta de eso recordando. Lo que da lugar a eso,
supongo que es la piel, que no puede contraerse
con la suficiente rapidez cuando la carne cae
para afuera. La forma todavía está allí.
Hombros. Caderas. Regordeta. Vistiéndose la
noche del baile. La camisa mordida por las
mejillas traseras.
Apretó las manos entre sus rodillas y,
satisfecho, dejó errar la mirada vacía sobre sus
caras.
El señor Power preguntó:
—¿Cómo anda la gira de conciertos,
Bloom?
No hay comentarios:
Publicar un comentario