lunes, octubre 15, 2012

MAS MADERA

 

JAMES JOYCE
ULISES                 971

—¿Asaltaste el banco de los pobres, Joe?
—digo yo.
—El sudor de mi frente —dice Joe—. Fue
el prudente socio que me pasó el soplo.
—Lo vi antes de encontrarte —digo yo—
abriendo la boca por Pill Lane y Greek Street
con su ojo de bacalao contando todas las tripas
del pescado.
¿Quién viene a través de la tierra de
Michan, ataviado con negra armadura?

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VLADIMIR NABOKOV
Cuentos completos                   971

Sin embargo, pensaba Graf, si no existe el más allá, entonces desaparece
también con ello la idea de un alma independiente, desaparece incluso la
posibilidad de los presentimientos y los augurios; está bien, seamos materialistas, y
por lo tanto, yo, un individuo sano con una herencia genética sana, probablemente
viva medio siglo más, y por lo tanto carece de sentido sucumbir ante ilusiones
neuróticas —éstas sólo son el resultado de cierta inestabilidad temporal de mi clase
social; consideremos más bien que el individuo es inmortal en la medida en que su
clase es inmortal— y la gran clase de la burguesía (continuaba Graf, pensando en
alto animadamente), nuestra gran y poderosa clase social conquistará a la hidra del
proletariado, porque nosotros, asimismo, dueños de esclavos, comerciantes con
nuestros leales trovadores, debemos plantarnos en la vanguardia de nuestra clase
(más aplausos, por favor), nosotros, todos, los burgueses del mundo, los burgueses
de toda la tierra... y de todas las naciones, levantemos nuestro propio kollektiv,
dominado por el petróleo (¿o más bien por el oro?), y aplastemos a los monstruos
plebeyos, al llegar aquí cualquier adverbio acabara en «iv» servía para rimar con el
kollektiv de burgueses: después sólo quedan dos estrofas antes de volver al
principio: ¡arriba, burgueses de todas las naciones y de todo el mundo! ¡Viva nuestro
sagrado capital! Tra — tra — tra (algo que rime con nacional) ¡nuestra burguesa
Internacional ! ¿Ha quedado ingenioso? ¿Ha quedado divertido?Llegó el invierno. Graf pidió prestados cincuenta marcos a un vecino y utilizó el
dinero para hartarse de comer porque no tenía intención alguna de concederle la
menor facilidad al destino. El extraño vecino que por su cuenta (¡por su cuenta y
riesgo!) le había ofrecido ayuda económica, era un recién llegado que ocupaba las
dos mejores habitaciones del quinto piso, y que se llamaba Ivan Ivanovich Engel, una
especie de caballero fornido de pelo gris, que respondía al tipo clásico de
compositor de música o de maestro de ajedrez, pero que, de hecho, era
representante de alguna compañía extranjera (muy extranjera, quizá, del Lejano
Oriente o incluso celestial).

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E d u a r d o  M e n d o z a  - R i ñ a  d e  g a t o s  252*4=1008-971=37

  El  señor Mosca
prosiguió diciendo que, al desaparecer el sentimiento de pertenencia a una patria común,cada ciudadano se apuntaba a la primera procesión que pasaba por delante de su casa y
cada uno, en vez de ver un compatriota en el vecino, veía un enemigo. Antes de terminar,
fue acallado por los gritos de otros parroquianos, deseosos de dar a conocer su propio
análisis de la situación. Para hacerse oír, el señor Mosca se puso de puntillas y estiró
mucho el cuello, pero sólo consiguió que los aspavientos de otro individuo hicieran salir
volando su bombín.
Iba subiendo el tono de la polémica y Anthony, a quien el camarero no había dejado
de llenar el vaso de vino, intervino para expresar su convicción de que todo se podía
resolver mediante el diálogo y la negociación. Esto le granjeó la animadversión de la
concurrencia, porque, al no defender la postura de nadie, todos lo consideraban un aliado
del contrario. Finalmente, un hombre se colocó a su lado, le tomó del brazo y le indicó por
señas que se dejara conducir a la salida. Anthony arrojó unas monedas sobre el mostrador
e hizo lo que el otro le indicaba.

Sura 111. Al-Masad (Las Fibras Retorcidas)  971

(1) ¡PEREZCAN las manos del de rostro encendido,1 y perezca él!
(2) ¿De qué ha de servirle su riqueza, y cuanto ha adquirido?
(3) ¡ [En la Otra Vida] tendrá que sufrir un fuego llameante,2 (4) junto con su esposa, esa
acarreadora de infamias,3 (5) [que lleva] alrededor de su cuello una soga de fibras retorcidas!

3 Lit., “acarreadora de leña”, una conocida expresión idiomática que indica alguien que subrepticiamente
lleva infundios y calumnias de una persona a otra “para avivar las llamas del odio entre ellas” (Samajshari;
véase también Ikrima, Muyahid y Qatada, citados por Tabari). El nombre de esta mujer era Arwá
umm Yamil bint Harb ibn Umayya; era hermana de Abu Sufián y, por tanto, tía paterna de Muáawiya, el
fundador de la dinastía Omeya. Su odio hacia Muhámmad y sus seguidores era tan intenso que a menudo,
al amparo de la oscuridad, esparcía pinchos de espino delante de la casa del Profeta para lastimarle los
pies; y hacía uso de su gran elocuencia para calumniar persistentemente al Profeta

971

A la sombra de un granado  Tariq Ali    141*7=987-971=16

No tiene importancia. Aquella noche lloramos como niños, Zubayda. Si nuestras
lágrimas hubiesen estado bien encauzadas, habrían podido extinguir las llamas.
Pero de repente me encontré cantando algo que había aprendido en mi juventud.
Luego oí un clamor y descubrí que no era el único que conocía los versos del poeta.
Ese sentimiento de solidaridad me llenó de una fuerza que nunca me abandona.
Te digo esto para que comprendas de una vez y para siempre que nunca me convertiré
por propia voluntad.
Zubayda abrazó a su esposo y lo besó en los ojos con dulzura.
-¿Cómo eran los versos del poeta?
Umar ahogó un suspiro y le susurró al oído:
Podréis quemar el papel,
pero no lo que contiene,
porque lo guardo seguro en mi pecho.
Donde yo voy, va conmigo,
arderá cuando yo arda,
y yacerá junto a mí en la tumba.
Zubayda los recordaba. Su propio tutor, un escéptico nato, le había contado
la historia centenares de veces. Los versos pertenecían a Ibn Hazm, nacido quinientos
años antes, justo cuando la luz de la cultura islámica comenzaba a iluminar
los más oscuros abismos

 

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Siendo muy niño, Pedro sintió un gran revuelo a su alrededor;
vio a su madre llorar y a su padre invocar, con el puño alzado al cielo, la maldición de los Braganza, una
leyenda nacida siglos atrás después de que un rey de Portugal agrediese a patadas a un monje franciscano que le pedía limosna. El fraile, en represalia, juró que jamás un primogénito varón de los Braganza
viviría lo bastante para llegar al trono. Y aquella maldición se repetía, generación tras generación, con
una precisión escalofriante. A través de un ventanal del palacio de Queluz, el pequeño Pedro vio alejarse
un cortejo de gente vestida de negro por una alameda bordeada de cipreses, encabezado por un grupo de
cortesanos que llevaba a hombros un pequeño féretro blanco. Le dijeron que en esa caja iba su hermano
mayor derecho al cielo. Había muerto de fiebres a los seis años de edad. Dentro del palacio sólo se oía
el alarido desesperado de su abuela, la reina María, que ya estaba senil. Más tarde, cuando regresaron
los integrantes del cortejo y el ambiente se hubo serenado, unos potentes brazos le levantaron del suelo.
Era su nodriza, que llevaba la cabeza cubierta con una mantilla negra y tenía los ojos enrojecidos; le miró
fijamente a la cara, tan parecida a la de su hermano muerto, y le dijo: «Pedro, ahora tú, un día, serás rey.»

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Las baladas del ajo   Mo Yan    971

«Huele éstas,
mamá, ¿verdad que son hermosas?».
«Son como el perfume», le decía.
Cogió una blanca y dijo:
«Arrodíllate, mamá». Yo le pregunté
por qué. El
me dijo que simplemente me
arrodillara. Mi Aiguo se echaba a
llorar por
cualquier motivo, así que le obedecí

y él me puso esa flor blanca en el
pelo.
«¡Mamá tiene una flor en el pelo!».
Yo dije que la gente suele llevar
flores
rojas en el pelo, ya que las blancas
dan mala suerte y sólo las usas
cuando
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alguien se muere. Eso asustó a Aiguo
y empezó a llorar. «Mamá, no quiero

que te mueras. Yo puedo morir, pero
tú no...».
En ese momento, la pobre mujer
sollozaba desconsoladamente. La
puerta de la celda se abrió con un
sonido estridente y en el umbral
apareció
una guardiana armada con un trozo de
papel en la mano.
—¡Número Cuarenta y Seis, ven con
nosotros! —ordenó

MORDIDO POR LOS PERROS

    

Las baladas del ajo  Mo Yan   262

—Tengo que ir a ver a Jinju.
—Querrás decir que tienes que ir al
encuentro de la muerte. Los Cao y
los Liu se encuentran allí. Si te dejas
ver, sería un milagro si no te matan.
—¡Yo... yo los mataré primero! —
gritó con fuerza, agitando el puño
en el aire.
—Querido Hermano Pequeño —dijo la esposa de Yu severamente—,
utiliza la cabeza. No pienses esas
cosas. Lo único que vas a conseguir
es que te metan una bala en el cuerpo.
Exhausto, Gao Ma se recostó en el
kang mientras las lágrimas
resbalaban por su desaliñado rostro
y se introducían en sus orejas

L a m u e r t e d e V i r g i l i o

Hermann Broch                        230    262-230=32

Otra vez, quedémonos en la flotante cueva de la noche, la
última vez, espiemos juntos la noche y su flotar de sueño, el sin embargo de su interregno y de su
dulce realidad... Tú no sabes todavía, mi hermano pequeño, porque eres joven, de qué profundísimo
interior de nosotros mismos sube la esperanza nocturna, tan abarcante y tan íntegramente animada en su inexorabilidad, tan delicada y suave promesa de nostalgia en su sufrimiento, que necesitamos
un larguísimo tiempo antes de oírla, antes de oírla a ella y a su miedo, alzándose alrededor de
nosotros como una cordillera de ecos, pared de eco junto a pared de eco, como un paisaje
desconocido y a pesar de ello como una llamada de nuestro propio corazón, sí, y sin embargo, sin
embargo tan imperiosa como si quisiera hacer resplandecer de nuevo todo el resplandor de un
pasado vivido hace mucho, a pesar de ello tan confiada, como si en ella estuviera encerrada toda la
promesa de lo definitivo... Oh, hermano pequeño, yo lo he vivido, porque he llegado a anciano, más
viejo que mis años, porque sentí en mí toda caducidad y toda descomposición; lo he vivido porque
para mí llega el fin; ay, sólo con el deseo de la muerte llegamos a desear la vida y en mí late
incesantemente, sin tregua, por lo que puedo recordar, el trabajo de zapa contra las articulaciones
vitales de toda ansia de muerte; así lo sentí siempre, temor de la vida y temor de la muerte al mismo
tiempo, en todas las muchas noches en cuyo umbral estuve, en las orillas de noches y más noches
que han pasado rápidas ante mí, creciendo a su paso el conocimiento de ellas, el conocimiento de la
separación, el conocimiento de la despedida, que comienza con el crepúsculo, y era muerte lo que
ante mí fluía, me tocaba con su marea que subía, me enredaba, me rodeaba, viniendo de afuera y sin
embargo nacido de mí, mi muerte.

   

PAUL AUSTER
La trilogía
de Nueva York  180*2=360-262=98

Azul finalmente ve la
máscara, una máscara de las que los niños llevan en Halloween, hecha de goma y
representado un espantoso monstruo con tajos en la frente, ojos sanguinolentos y
colmillos. El resto de su persona es absolutamente corriente (abrigo de tweed gris,
bufanda roja envolviéndole el cuello) y Azul intuye en ese primer momento que el
hombre que está detrás de la máscara es Blanco. Mientras el hombre continúa andando
hacia la zona del buzón 1001, esta intuición se convierte en convicción. Al mismo
tiempo, Azul siente que el hombre no está allí realmente, que aunque sabe que le está
viendo, es más que probable que él sea el único que le ve. En este punto, sin embargo,
Azul se equívoca, porque mientras el enmascarado continúa cruzando el vasto suelo de
mármol, Azul ve a varias personas señalándole y riéndose, pero no sabe si esto es mejor
o peor. El enmascarado llega al buzón 1001, gira la rueda de la combinación hacia atrás,
hacia adelante y nuevamente hacia atrás, y abre el buzón. En cuanto Azul ve que éste es
definitivamente su hombre, empieza a avanzar hacia él, no muy seguro de lo que piensa
hacer, pero en el fondo, sin duda, con la intención de asirle y arrancarle la máscara de la
cara. Pero el hombre está demasiado alerta, y una vez que se ha metido el sobre en el
bolsillo y ha cerrado el buzón, lanza una rápida ojeada a su alrededor, ve que Azul se
aproxima y echa a correr, dirigiéndose a la puerta lo más deprisa que puede. Azul corre tras él, esperando agarrarle por detrás, pero se queda momentáneamente atrapado por
una maraña de gente en la puerta, y cuando consigue atravesarla, el hombre
enmascarado está bajando las escaleras de dos en dos, aterrizando en la acera y
corriendo por la calle. Azul continúa su persecución, incluso le parece que está ganando
terreno, pero entonces el hombre llega a la esquina, donde casualmente un autobús está
justo arrancando de una parada, y el hombre aprovecha la oportunidad y salta a bordo.

Danza de espejos
Lois McMaster Bujold     262

—¿Enviado a ustedes en un paquete de carne congelada, con el pecho
destruido?
—Sí.
—¿Y entonces? Los clones... aunque estén congelados... no pueden ser
novedad aquí. — Él echó una mirada a Rosa.
—Déjeme seguir. Hace unos tres meses, el clon manufacturado por
Bharaputra volvió a casa con una tripulación de soldados mercenarios que al
parecer había robado de la Flota Dendarii fingiendo ser el otro clon, su gemelo, el
almirante Naismith. Atacó el criadero de clones de Bharaputra en un intento por
robar o liberar (la segunda hipótesis me parece más probable) a un grupo de clones
que iban a ser cuerpos para otros cerebros en el negocio de los trasplantes ,
negocio que yo personalmente aborrezco.
Él se tocó el pecho.
—¿Y... fracasó?
—No del todo. Pero el almirante Naismith lo siguió para recuperar su nave y
sus tropas perdidas. En la refriega que tuvo lugar en las instalaciones médicas de
Bharaputra, uno de los dos murió. El otro escapó, junto con los mercenarios y la
mayor parte del valioso ganado clonal de Bharaputra. Le tomaron el pelo a Vasa
Luigi y yo me reí a rabiar cuando lo supe.

JAMES JOYCE
ULISES             262

—A través de las arenas de todo el
mundo, seguida hacia el oeste por la espada
llameante del sol, emigrando hacia tierras
crepusculares. Ella marcha agobiada, schleppea,
remolca, arrastra, trascina su carga. Una marca
hacia el oeste, selenearrastrada, en su estela.
Mareas, dentro de ella, miríadinsulada, sangre
no mía, oinopa pontos, un mar vino oscuro. He
aquí la criada de la luna. En sueños el signo
líquido le dice su hora, le ordena abandonar el
lecho.

VLADIMIR NABOKOV
Cuentos completos            262

Llegó la noche; una luna resbaladiza y encerada se movía, sin la mínima fricción,
entre nubes de chinchilla, y Eleanor, que volvía paseando del banquete de bodas
con el hormigueo del vino y de los chistes picantes todavía dentro del cuerpo,
recordó el día de su boda en su camino de vuelta a casa. Por alguna razón, todos los
pensamientos que cruzaban su mente insistían en mostrarle el lado brillante de la
vida; se sentía ligera al llegar a casa y al abrir la puerta se sorprendió pensando que
era una gran cosa tener un piso propio, por más que fuera oscuro y agobiante. Sin
dejar de sonreír, dio la luz del dormitorio y vio al momento que todos los cajones
estaban abiertos: apenas tuvo tiempo de pensar en los ladrones porque allí estaban
las llaves en la mesilla de noche y también un papel apoyado en el despertador. La
nota era muy breve: «Me he ido a España. No toques nada hasta que te escriba.
Pídele prestado a Sch. O a W.Da de comer a los lagartos».

domingo, octubre 14, 2012

MAR DE CRISTAL

 

 

 

VLADIMIR NABOKOV
Cuentos completos 675 922-675=247

El sol se filtró a raudales. Una dama alta, vestida completamente de negro, se
erguía solitaria en el umbral. Fred retrocedió, mascullando incoherencias entre
dientes y manoseando torpemente los pliegues de su bata. Retrocedió a toda prisa

hacia el interior de la casa y en su camino sin darse cuenta perdió una zapatilla, ya
que su única obsesión en aquel momento era que quienquiera que fuera aquella
visita no notara su naturaleza de enano. Se detuvo, jadeante, en mitad del cuarto de
estar. ¡Oh, por qué no se le había ocurrido sin más cerrar de un portazo! ¿Y quién
demonios podía ser, quién podría tener interés en venir a visitarle? Un error, sin
duda.
Y en aquel momento percibió nítidamente el ruido de unos pasos que se acercaban
hasta él. Se refugió en el dormitorio: pensó en encerrarse allí dentro pero no tenía
llave. La zapatilla perdida permanecía solitaria sobre la alfombra del vestíbulo.
—Es una situación espantosa —pensó Fred, ya sin aliento, y se dispuso a escuchar.
El ruido de los pasos se hacía más cercano, ya sonaban en el cuarto de estar. El
enano emitió un leve gemido y se dirigió al ropero, buscando un buen lugar donde
esconderse.
Una voz, que le resultaba conocida, pronunció su nombre al tiempo que se abría la
puerta del dormitorio:
—Fred, ¿por qué me tienes miedo?
El enano, descalzo, de negro, la calva un puro tejido de sudor, se quedó parado
junto al ropero, su mano detenida en el pomo de la cerradura. Recordó entonces
con la máxima precisión los peces naranjo-dorados en su pecera de cristal

                                                                                                                                                                                                                          

JAMES JOYCE
ULISES 922

El coche cerca ahora. Habla. Habla. ¡Pat!
No escucha. Arreglando esas servilletas. Debe
cubrir una buena superficie de terreno al cabo
del día. Pintarle una cara detrás de él entonces
sería dos. Quisiera que cantaran más. Me
distrae.

 

  

 

                                                              

Las baladas del ajo  Mo Yan  922

El potro
castaño corría como el viento, con
las pezuñas resonando en el aire; el
círculo que describía era lo
suficientemente amplio como para rodear a
Jinju y, mientras pasaba a través de
los campos, los tallos y las ramas se
doblaban ante él como si fueran las
ramitas frágiles del sauce. Los puntos
verdes salían de su satinado
escondite. Pequeño potro... pequeño
potro...
Jinju quería rodear con sus brazos su
satinado cuello La mano de Gao Ma se movió.Muy bien —exclamó el adjunto
Yang—. Excelente. Los polvos
medicinales Yunnan gozan de una
fama bien merecida. Son fantásticos.
Los ojos de Gao Ma se abrieron
ligeramente. El adjunto Yang se
agachó y dijo en tono enérgico:
—Tienes suerte de estar vivo,
muchacho. Si no fuera por mis
polvos
medicinales

 

JORGE LUIS BORGES
OBRAS COMPLETAS     922

AL VINO
En el bronce de Homero resplandece tu...nombre,
Negro vino que.alegras el/corazón, del hombre.
Siglos de ¡siglos hace que vas de mano en mano
Desde el ritón. del griego al cuerno del germano.
En la aurora ya estabas. A las generaciones
Les diste en el.camino tu fuego y tus leones.
Junto a aquel otro río de noches y de días
Corre el- tuyo que aclaman amigos. y, alegrías,
Vino que como un Eufrates patriarcal y. profundo
Vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.
En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
Una roja metáfora de la sangre de Cristo.
En las arrebatadas estrofas del sulí
Eres la cimitarra, la rosa y el rubí.

 

sábado, octubre 13, 2012

EL TIEMPO VUELA

 

terraza 2012-10-12 12.27.32  mo yan

 

James Joyce
Ulises 233

BLOOM
(con agria sonrisa enternecedora) ¿Algo frívolo, quiere, si le apetece? ¿Le gustaría quizás que le diera un
achuchón sólo durante una milésima de segundo?
MRS. BREEN
(chilla alegremente) ¡Ay, qué bobo que es usted! ¡Debería mirarse al espejo!
BLOOM
Por consideración a los viejos tiempos. Sólo quería decir un partido a cuatro, un revoltijo mixto matrimonial
con nuestros respectivos esposados. Usted sabe que yo le tenía aprecio. (sombríamente) Fui yo quien le
envió aquella misiva amorosa con lo de querida gacela por San Valentín.
MRS. BREEN
¡Gloria bendita, menudo fantoche está usted hecho! Sencillamente tronchante. (extiende la mano con curiosidad)
¿Qué esconde detrás de la espalda? Ande, dígamelo, sea bueno.
BLOOM
(la coge de la muñeca con su mano libre) Josie Powell, ésa sí que fue la debutante más bonita de Dublín.
¡Cómo vuela el tiempo! ¿Se acuerda, volviendo atrás en orden retrospectivo, la Nochebuena, la inauguración
de la casa de Georgina Simpson mientras jugaban al juego de Irving Bishop, lo de encontrar el alfiler
con los ojos tapados y leer el pensamiento? Motivo ¿qué hay en esta caja de rapé?

VLADIMIR NABOKOV
Cuentos completos      233

al final de cada actuación, siempre acababa en el gallinero con una exclamación de
alegría contenida, a pesar de que todo el mundo había sido testigo de cómo, un
minuto antes, Shock lo había encerrado en una caja negra en mitad del escenario.
Todo esto ocurría en uno de esos teatros de Londres donde hay acróbatas que se
elevan por los aires entre el temblor y el fulos trapecios y donde un tenor extranjero (un fracasado en su país) canta barcarolas, y donde hay un ventrílocuo con uniforme
de marino, y ciclistas, y un inevitable payaso excéntrico que camina arrastrando los
pies por la escena con un minúsculo sombrero y un chaleco que le llega hasta las
rodillas

JORGE LUIS BORGES
OBRAS COMPLETAS    233

Jasón,_ desesperado hasta la irá
por las sirenas1, las apoda brujas del mar y hace que cante Orfeo,el dulcísimo. Viene la tensión, y Morris tiene el maravilloso escrúpulo
de advertirnos que las canciones atribuidas por él a la
boca imbesada de las sirenas y a la de Orfeo no encierran más
que un transfigurado recuerdo de lo cantado entonces. La misma
precisión insistente de sus colores —los bordes amarillos de la
playa, la dorada espuma, la rosa gris— nos puede enternecer, porque
parecen frágilmente salvados de ese antiguo crepúsculo.
Cantan las sirenas para aducir una felicidad que es vaga como
el agua

 

 

2012-10-06 07.37.522012-10-06 07.39.392012-10-06 07.42.282012-10-06 07.45.472012-10-06 07.50.242012-10-06 07.55.51

 

Sura 7. Al-Aaraf (La Facultad de Discernimiento)  233

(11) Y, ciertamente, os hemos creado y luego os dimos forma;9 y luego dijimos a los
ángeles: “¡ Postraos ante Adán!” --y se postraron [todos] excepto Iblis, que no fue de los
que se postraron.10
(12) [Y Dios] dijo: “¿Qué te impidió postrarte cuando te lo ordené?”
[Iblis) respondió: “Yo soy mejor que él: a mí me creaste de fuego, mientras que a él lo
creaste de barro.”
(13) [Dios] dijo: “¡Desciende de este [estado] --que no es propio que te muestres arrogante
aquí! ¡ Sal, pues: en verdad, estarás entre los humillados!”
(14) [Iblis] dijo: “Concédeme una prórroga hasta el Día en que sean todos resucitados.”
(15) [Y Dios] respondió: “En verdad, serás de aquellos a quienes ha sido concedida una
prórroga.”
(16) [Y entonces Iblis] dijo: “Ya que me has frustrado,11 ciertamente he de acecharles en
Tu camino recto, (17) y ciertamente he de atacarles abiertamente y en formas que no sospechan,
12 por su derecha y por su izquierda: y verás que la mayoría no son agradecidos.”

10 Acerca de la orden alegórica de Dios a los ángeles de que “se postraran” ante Adán, véase 2:30-34, y
las notas correspondientes. La referencia a toda la humanidad que precede a la historia de Adán en este
sura deja claro que su nombre simboliza, en este contexto, el conjunto de la raza humana.
Los estudiosos occidentales dan generalmente por descontado que el nombre “Iblis” es una deformación
de la palabra griega diábolos, de la que procede “diablo”. Sin embargo, no existe la más mínima evidencia
de que los árabes pre-islámicos tomaran este, o ningún otro término mitológico, de los griegos --
mientras que si está probado que los griegos tomaron muchos de sus conceptos mitológicos (incluidas
varias deidades y sus funciones) de la civilización del sur de Arabia, mucho más antigua que la suya (cf.
Encyclopedia of Islam I, 379 s.). Se puede deducir, por consiguiente, con casi total certeza que la palabra
griega diábolos es una forma helenizada del nombre árabe del Angel Caído, que a su vez se deriva de la
raíz verbal ablasa, “él se desesperó”, “perdió toda esperanza” o “se quebró en espíritu”

 

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JORGE LUIS BORGES
OBRAS COMPLETAS 636

De La espera diré que le sugirió una crónica policial que Alfredo Doblas me leyó, hará diez años, mientras clasificábamos
libros según el manual del Instituto Bibliográfico de Bruselas, código del
que todo he olvidado, salvo que a Dios le corresponde la cifra 231.

 

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VLADIMIR NABOKOV
Cuentos completos    636

Y ya que hablamos de ancianos, deberíamos añadir que a veces aquellos auspicios e
intervenciones postumas adquirían carácter paródico. Cynthia se había hecho amiga
de un bibliotecario excéntrico llamado Porlock que en los últimos años de su
polvorienta vida se había dedicado a examinar libros antiguos buscando milagrosos
errores tipográficos como la sustitución de la l por la t en la palabra hither.
Contrariamente a Cynthia, no le preocupaba lo más mínimo la excitación producida
por las oscuras predicciones; todo lo que buscaba era la anormalidad misma, el azar
que imita a la elección, el fallo que parece una flor, y Cynthia, una aficionada mucho
más perversa a los términos deformes o ilícitamente conectados, a los logogrifos, a
los retruécanos y demás, había ayudado al pobre chiflado a proseguir una búsqueda
que a la luz del ejemplo que ella citaba me pareció estadísticamente insensata. En
cualquier caso, dijo, al tercer día después de su muerte, ella leía una revista y
acababa de toparse con una cita de un poema imperecedero (que ella, junto con
otros lectores crédulos, creía que realmente había sido compuesto en el transcurso
de un sueño), cuando cayó en la cuenta que «Alph» era la secuencia profética de las
letras iniciales de Anna Livia Plurabelle (otro río sagrado que fluía por o más bien en
torno a, otro sueño falso), mientras que la h adicional equivalía modestamente,
como una señal de tráfico, a la palabra que había hipnotizado de tal manera al
señor Porlock. Y me gustaría poder recordar aquella novela o aquel relato (creo que
de un contemporáneo) en el que, sin saberlo el autor, las primeras letras de las
palabras del último párrafo formaban, tal y como Cynthia las había descifrado, un
mensaje de su madre muerta.

 

    2012-05-11 18.12.05       2012-10-04 18.11.19      2012-10-12 13.13.23   DSC00199   2012-10-09 13.39.21

LA DANZARINA DE IZU
Yasunari Kawabata                636

Por la noche, cuando estaba jugando a go con un comerciante en
papeles, oí de pronto sonar el tambor en el jardín del albergue. Fui a
levantarme inmediatamente.
—¡Ah, ahí están!
—¡Bah, qué tontería! Ahora juega usted. Yo acabo de tirar.
El papelero, inclinado sobre el tablero de go, estaba absorto en el
juego. Yo, por el contrario, no conseguía dominar mi impaciencia. Ya
distinguía claramente las voces de los músicos que volvían de dar su
representación. El joven gritó:
—¡Buenas noches!
Yo me precipité al porche y les hice vivos ademanes con la mano. El
grupo se quedó abajo unos momentos, cuchicheando. Luego
subieron.
—¡Buenas noches!
Las muchachas saludaron una tras otra, tendiendo las manos hacia
abajo y haciendo una profunda reverencia, como las geishas.

Cuando observé que a la primera ojeada habían descubierto que yo
estaba perdiendo, dije a mi contrincante:
—Está bien. No puedo hacer ya nada más. Me rindo.
—¿Cómo? ¡No, no! ¡Qué ocurrencia! Me parece que mi situación es
peor que la suya. De todos modos, el juego no está decidido, ni
mucho menos.

Las baladas del ajo -Mo Yan    636

Título original: 7" ien-t ang suan t'
ai chkh ko
                                  

ahí!», ordenó bruscamente,
señalando un catre que había cerca
de la
ventana.
—Éste es el tuyo —dijo—. De ahora
en adelante, eres el Preso
Número Nueve.
Uno de sus compañeros de celda, un
joven, saltó de su catre y
comenzó a aplaudir.

—Bienvenido, compañero de armas.
Bienvenido.
La puerta de metal se cerró de golpe.
El joven lanzó un redoble con la
boca y, en un espacio tan reducido,
comenzó a hacer piruetas y cabriolas.
Gao Yang le observó nerviosamente.
Tenía la cabeza afeitada, pero le
habían quedado tantos huecos que los
mechones de pelo oscuro que no
había rasurado la navaja daban a su

cráneo un aspecto desagradable y
moteado. Mientras el joven hacía
piruetas alrededor de la celda
provisional, la imagen que Gao Yang
tenía de él alternaba entre un rostro
pálido y demacrado y una espalda
salpicada de lunares